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Al concluir el rezo de la oración mariana del Ángelus este domingo en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco se dirigió “a los esposos de todo el mundo”, a quienes ofrece un especial regalo de Navidad.

“Hoy, en la fiesta de la Sagrada Familia, se publica una carta que he escrito pensando en ustedes. Quiere ser mi regalo de Navidad para ustedes esposos: un aliento, un signo de cercanía y también una ocasión de meditación”, dijo el Santo Padre.

El Santo Padre ha escrito una carta en ocasión del Año de la Familia Amoris laetitia, que se celebra del 19 de marzo de 2021 al 26 de junio de 2022, en ocasión de los cinco años de la exhortación apostólica postinodal que publicó en 2016 .

Al concluir el Año de la Familia Amoris laetitia, se celebrará en Roma el Encuentro Mundial de las Familias, un evento que el Papa invita a preparar “especialmente con la oración, y a vivirlo en sus diócesis, junto a otras familias”.

En su carta publicada hoy, el Papa Francisco reflexiona sobre varios temas que atañen de cerca a la familia, especialmente en estos tiempos de pandemia.

“Por ejemplo, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia. Claro que esto requiere un especial ejercicio de paciencia, no es fácil estar juntos toda la jornada cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar”, escribe Francisco.

“Que el cansancio no les gane, que la fuerza del amor los anime para mirar más al otro —al cónyuge, a los hijos— que a la propia fatiga”, alienta.

Para poder lidiar con este desafío, dice el Papa, es necesario el ejercicio de la caridad como en la Sagrada Familia. “De este modo, estar juntos no será una penitencia sino un refugio en medio de las tormentas”.

“Que el hogar sea un lugar de acogida y de comprensión. Guarden en su corazón el consejo a los novios que expresé con las tres palabras: ‘permiso, gracias, perdón’. Y cuando surja algún conflicto, ‘nunca terminar el día en familia sin hacer las paces’”.

El Papa anima a no avergonzarse “de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad. O de tomar la mano del otro, cuando esté un poco enojado, para arrancarle una sonrisa cómplice. Hacer quizás una breve oración, recitada en voz alta juntos, antes de dormirse por la noche, con Jesús presente entre ustedes”.

A los matrimonios que han pasado por la ruptura, el Papa los anima a “buscar ayuda para que los conflictos puedan superarse de alguna manera y no causen aún más dolor entre ustedes y a sus hijos. El Señor Jesús, en su misericordia infinita, les inspirará el modo de seguir adelante en medio de tantas dificultades y aflicciones”.

“Recuerden que el perdón sana toda herida. Perdonarse mutuamente es el resultado de una decisión interior que madura en la oración, en la relación con Dios, como don que brota de la gracia con la que Cristo llena a la pareja cuando lo dejan actuar, cuando se dirigen a Él”.

“Cristo ‘habita’ en su matrimonio y espera que le abran sus corazones para sostenerlos con el poder de su amor, como a los discípulos en la barca”.

El Papa también alienta a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y reconoce los desafíos que deben afrontar.

“Si antes de la pandemia para los novios era difícil proyectar un futuro cuando era arduo encontrar un trabajo estable, ahora aumenta aún más la situación de incerteza laboral. Por ello invito a los novios a no desanimarse, a tener la ‘valentía creativa’ que tuvo San José, cuya memoria he querido honrar en este Año dedicado a él”.

“Cuando se trate de afrontar el camino del matrimonio, aun teniendo pocos medios, confíen siempre en la Providencia, ya que ‘a veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener’”.

El Papa Francisco pide a estos jóvenes que “no duden en apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, en la parroquia, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino que ustedes están comenzando”.

Tras enviar un saludo especial a los abuelos, el Papa hace votos para que los esposos, con el ejemplo de San José y Santa María, “vivan intensamente su vocación. No dejen que un semblante triste transforme sus rostros. Su cónyuge necesita de su sonrisa. Sus hijos necesitan de sus miradas que los alienten. Los pastores y las otras familias necesitan de su presencia y alegría: ¡la alegría que viene del Señor!”.

“Me despido con cariño animándolos a seguir viviendo la misión que Jesús nos ha encomendado, perseverando en la oración y ‘en la fracción del pan’. Y por favor, no se olviden de rezar por mí, yo lo hago todos los días por ustedes”, concluye el Papa Francisco.

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Cada 26 de diciembre la Iglesia Católica celebra al primer Mártir de toda la Iglesia Católica, San Esteban. El protomártir murió apedreado luego de ser arrastrado fuera de la ciudad, tras al ser llevado ante el Sanedrín por falsas acusaciones, exhortó a los judíos por haber llegado al punto no sólo de no reconocer al Salvador, sino además de haberle crucificado.

San Esteban mientras recibía el golpe de las piedras pronunció las siguientes palabras: "Señor Jesús, recibe mi espíritu", y estando de rodillas antes de morir exclamó con fuerza: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado".

En la celebración de la fiesta de este Santo en 2014, el Papa Francisco señaló que "con su martirio, Esteban honra la venida al mundo del Rey de los reyes, da testimonio de Él y ofrece como don su vida, como lo hacía en el servicio a los más necesitados. Y así nos muestra cómo vivir en plenitud el misterio de la Navidad".

También el Sumo Pontífice Emérito, Benedicto XVI, en 2012 al hablar del Santo reflexionó sobre "¿De dónde sacó el primer mártir cristiano la fuerza para hacer frente a sus perseguidores y llegar hasta la entrega de sí mismo? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, de la meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que alcanza su cumbre en Jesucristo".

Para conocer más de este santo de la Iglesia ingrese a: https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=385

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Spider-Man No Way Home (Spider-Man sin camino a casa) es la última entrega de la saga del héroe arácnido y una de las películas más taquilleras y esperadas de este 2021.

En la película que protagonizan Tom Holland (Spider-Man / Peter Parker), Zendaya (MJ); y el actor filipino estadounidense Jacob Batalon (Ned Leeds), entre otros, hay una alusión a la Iglesia Católica.

En un momento en el que los personajes principales están en la casa de Ned, aparece en escena la abuela de este, quien habla en tagalo o filipino, una de las lenguas oficiales de Filipinas.

Al fondo, en una pared, se puede ver un cuadro de quien sería Santa Rosa de Lima, primera santa canonizada del Perú y América. Pero, si la santa es peruana, ¿por qué aparecería en la casa de una familia filipina?

Santa Rosa de Lima no es solo Patrona del Perú, sino también Patrona de las Filipinas; el país con más católicos en el continente asiático. El título oficial que se le dio a la santa fue “Patrona de las Américas, Indias Occidentales y Filipinas”.

En algún momento de la historia Filipinas era considerada parte de América y fue el mismo Clemente X, que a través de la bula Sacrosancti apostolarus cura, quien otorgó los mencionados patronazgos a Santa Rosa de Lima.

En Filipinas, la devoción se inició con los dominicos españoles que llegaron a evangelizar; lo que hizo que diversas iglesias fueran nombradas en su honor; y que los católicos veneren varias imágenes de la santa que, sin ser religiosa sino laica, sí fue terciaria dominica.

Una de las imágenes más populares de la santa es la conocida como “La Naval” en la capital, Manila. Esta imagen sobrevivió a varios bombardeos y todavía se puede ver en las procesiones de “La Gran Señora” en el mes de octubre.

De esta imagen se cuenta que protegió a una religiosa ante los intentos de un soldado británico para ultrajarla en 1762 en un convento en Manila. Cuando el hombre tomó su espada para atacarla, unas manos aparecieron y doblaron la vaina lo que hizo que todos los soldados huyeran. Se cuenta además que la espada se conservaba en ese lugar, que fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

Otra imagen está en Bagong Ilog, Pasig City, donde también se relatan algunas historias milagrosas, como la misma de su hallazgo por parte de dos pescadores, que percibieron un aroma agradable y decidieron seguirlo al interior de una cueva. Allí encontraron una hermosa imagen de Santa Rosa de Lima que se conserva hasta hoy.

Una tercera imagen está en Santa Rosa Laguna, en un pueblo que originalmente se llamaba Bucol, pero que fue renombrado por la devoción a la santa peruana.

De esta imagen se cuenta que intercedió durante la Segunda Guerra Mundial para salvar a cientos de filipinos que eran perseguidos por los japoneses.

La fiesta de Santa Rosa de Lima se celebra en Perú el 30 de agosto, la fecha originalmente establecida para recordarla. En el resto del mundo se celebra el 23 de agosto, luego de algunas reformas establecidas por el Concilio Vaticano II.

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El Papa Francisco celebró este 24 de diciembre en la Basílica de San Pedro la Misa por la Solemnidad de la Natividad del Señor, en la que invitó a los fieles a pedir en Navidad a Jesús la gracia de la pequeñez, para comprender que ese “es el camino para la verdadera grandeza”.

La Misa comenzó a las 7:30 p.m. (hora de Roma) con el tradicional canto de las calendas, que es la recapitulación de la espera universal por el nacimiento del Salvador. Al término de la entonación, el Santo Padre descubrió la imagen del Niño Jesús que se encuentra frente al altar, iniciando el tiempo de Navidad.

A diferencia de la celebración del 2020, este año asistieron a la basílica vaticana unas 1.500 personas, que siguieron las medidas sanitarias para evitar los contagios de coronavirus.

En su homilía, el Papa Francisco recordó que la señal que dio el ángel a los pastores fue que encontrarían a un niño envuelto en pañales, en un pesebre. “Eso es todo: un niño en la dura pobreza de un pesebre. No hay más luces, ni resplandores, ni coros de ángeles. Sólo un niño. Nada más, como había preanunciado Isaías: ‘Un niño nos ha nacido’”.

Esto, indicó, contrasta con la grandeza del emperador César Augusto que había ordenado un censo en todo el Imperio romano. “Allí está Dios, en la pequeñez. Y este es el mensaje: Dios no cabalga en la grandeza, sino que desciende en la pequeñez”, que fue el camino elegido para llegar a los hombres, salvarlos y reconducirlos “hacia lo que es realmente importante”.

En ese sentido, el Pontífice invitó a los fieles a mirar el belén e ir más allá de los adornos y las luces, y contemplar a Dios en su pequeñez; porque “Él, que ha hecho el sol, necesita ser arropado”. “El Creador del mundo no tiene hogar. Hoy todo se invierte: Dios viene al mundo pequeño. Su grandeza se ofrece en la pequeñez”, afirmó.

“Preguntémonos, ¿sabemos acoger este camino de Dios? Es el desafío de Navidad: Dios se revela, pero los hombres no lo entienden. Él se hace pequeño a los ojos del mundo y nosotros seguimos buscando la grandeza según el mundo, quizá incluso en nombre suyo (…). Jesús nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior”, expresó.

Francisco dijo que “esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez”, y explicó que acoger la pequeñez quiere decir creer que Dios quiere “habitar las realidades cotidianas” y realizar cosas extraordinarias; porque, si Jesús “está ahí con nosotros, ¿qué nos falta? Entonces, dejemos atrás los lamentos por la grandeza que no tenemos. Renunciemos a las quejas y a las caras largas, a la ambición que deja insatisfechos”.

“Esta noche te dice: ‘Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano. Hermano amado, hermana amada, no me tengas miedo, vuelve a encontrar tu grandeza en mí. Estoy aquí para ti y sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón’”, aseguró.

El Papa Francisco también recordó que al nacer, Jesús está rodeado de los pastores, que son los pequeños y pobres. Indicó que ellos “estaban allí para trabajar, porque eran pobres y su vida no tenía horarios, sino que dependía de los rebaños. No podían vivir como y donde querían, sino que se regían en base a las exigencias de las ovejas que cuidaban. Y Jesús nace allí, cerca de ellos, cerca de los olvidados de las periferias. Viene donde la dignidad del hombre es puesta a prueba”.

“Esta noche, Dios viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo. Nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo. En el día de la Vida repitamos: ¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo”, expresó.

Pero también, recordó, se divisa a los magos “que peregrinan para adorar al Señor. Miremos y comprendamos que en torno a Jesús todo vuelve a la unidad: no están sólo los últimos, los pastores, sino también los eruditos y los ricos, los magos. En Belén están juntos los pobres y los ricos; los que adoran, como los magos, y los que trabajan, como los pastores. Todo se recompone cuando en el centro está Jesús”.

El Papa Francisco invitó a los fieles a que, “como Iglesia sinodal, en camino, vayamos a Belén, donde Dios está en el hombre y el hombre en Dios”.

“Que Dios nos conceda ser una Iglesia adoradora, pobre y fraterna. Esto es lo esencial. Volvamos a Belén”, alentó.

El Santo Padre afirmó que “la vida es una peregrinación” y que “esta noche ha brillado una luz. Es una luz amable y nos recuerda que en nuestra pequeñez somos hijos amados, hijos de la luz. Alegrémonos juntos, porque nadie podrá apagar nunca esta luz, la luz de Jesús, que desde esta noche resplandece en el mundo”.

Luego de culminar la Misa, el Papa Francisco se detuvo para rezar un momento frente a la estatua de la Virgen María y luego tomó en brazos la imagen del Niño Jesús y para llevarla al nacimiento instalado dentro de la Basílica de San Pedro.

Al llegar al nacimiento, el Pontífice entregó la imagen a un diácono que la colocó en el pesebre. Luego de incensar el nacimiento, el Papa Francisco se retiró de la basílica vaticana.

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Este viernes 24 de diciembre el Papa Francisco celebró en la Basílica de San Pedro la Misa por la Solemnidad de la Natividad del Señor, en la que invitó a los fieles a pedir a Jesús que les conceda la gracia de la pequeñez, para comprender que ese “es el camino para la verdadera grandeza”.

A continuación la homilía pronunciada por el Papa Francisco:

En la noche resplandece una luz. Un ángel aparece, la gloria del Señor envuelve a los pastores y finalmente llega el anuncio esperado durante siglos: «Hoy […] les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Pero lo que agrega el ángel es sorprendente. Indica a los pastores cómo encontrar a Dios que ha venido a la tierra: «Y esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (v. 12). Este es el signo: un niño. Eso es todo: un niño en la dura pobreza de un pesebre. No hay más luces, ni resplandores, ni coros de ángeles. Sólo un niño. Nada más, como había preanunciado Isaías: «Un niño nos ha nacido» (Is 9,5).

El Evangelio insiste en este contraste. Narra el nacimiento de Jesús a partir de César Augusto, que ordenó realizar un censo del mundo entero. Muestra al primer emperador en su grandeza. Pero, inmediatamente después, nos lleva a Belén, donde no hay nada grande, sólo un niño pobre envuelto en pañales, con unos pastores a su alrededor. Allí está Dios, en la pequeñez. Y este es el mensaje: Dios no cabalga en la grandeza, sino que desciende en la pequeñez. La pequeñez es el camino que eligió para llegar a nosotros, para tocarnos el corazón, para salvarnos y reconducirnos hacia lo que es realmente importante.

Hermanos, hermanas, deteniéndonos ante el belén miremos el centro; vayamos más allá de las luces y los adornos y contemplemos al Niño. En su pequeñez es Dios. Reconozcámoslo: “Niño, Tú eres Dios, Dios-niño”. Dejémonos atravesar por este asombro escandaloso. Aquel que abraza al universo necesita que lo sostengan en brazos. Él, que ha hecho el sol, necesita ser arropado. La ternura en persona necesita ser mimada. El amor infinito tiene un corazón minúsculo, que emite ligeros latidos. La Palabra eterna es infante, es decir, incapaz de hablar. El Pan de vida debe ser alimentado. El creador del mundo no tiene hogar. Hoy todo se invierte: Dios viene al mundo pequeño. Su grandeza se ofrece en la pequeñez.

Y nosotros, preguntémonos, ¿sabemos acoger este camino de Dios? Es el desafío de Navidad: Dios se revela, pero los hombres no lo entienden. Él se hace pequeño a los ojos del mundo y nosotros seguimos buscando la grandeza según el mundo, quizá incluso en nombre suyo. Dios se abaja y nosotros queremos subir al pedestal. El Altísimo indica la humildad y nosotros pretendemos brillar. Dios va en busca de los pastores, de los invisibles; nosotros buscamos visibilidad. Jesús nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior.

Esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez. “Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino para la verdadera grandeza”. Pero, ¿qué quiere decir, concretamente, acoger la pequeñez? En primer lugar, creer que Dios quiere venir en las pequeñas cosas de nuestra vida, quiere habitar las realidades cotidianas, los gestos sencillos que realizamos en casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Quiere realizar, en nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias. Es un mensaje de gran esperanza: Jesús nos invita a valorar y redescubrir las pequeñas cosas de la vida. Si Él está ahí con nosotros, ¿qué nos falta? Entonces, dejemos atrás los lamentos por la grandeza que no tenemos. Renunciemos a las quejas y a las caras largas, a la ambición que deja insatisfechos.

Pero aún hay más. Jesús no quiere venir sólo a las cosas pequeñas de nuestra vida, sino también a nuestra pequeñez: cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces, incluso fracasados. Hermana, hermano, si, como en Belén, la oscuridad de la noche te rodea, si adviertes a tu alrededor una fría indiferencia, si las heridas que llevas dentro te gritan: “Cuentas poco, no vales nada, nunca serás amado como anhelas”, esta noche Dios responde. Esta noche te dice: “Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano. Hermano amado, hermana amada, no me tengas miedo, vuelve a encontrar tu grandeza en mí. Estoy aquí para ti y sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón”.

Acoger la pequeñez también significa abrazar a Jesús en los pequeños de hoy; es decir, amarlo en los últimos, servirlo en los pobres. Ellos son los que más se parecen a Jesús, que nació pobre. Es en ellos que Él quiere ser honrado. Que en esta noche de amor nos invada un único temor: herir el amor de Dios, herirlo despreciando a los pobres con nuestra indiferencia. Son los predilectos de Jesús, que nos recibirán un día en el cielo. Una poetisa escribió: «Quien no ha encontrado el Cielo aquí abajo, difícilmente lo encontrará allá arriba» (E. DICKINSON, Poemas, P96- 17). No perdamos de vista el Cielo, cuidemos a Jesús ahora, acariciándolo en los necesitados, porque se identificó en ellos.

Miremos otra vez el nacimiento y observemos que Jesús al nacer está rodeado precisamente de los pequeños, de los pobres. ¿Quiénes son? Los pastores. Eran los más humildes y fueron los que estuvieron más cerca del Señor. Lo encontraron porque «pasaban la noche en el campo cuidando sus rebaños y vigilando por turnos» (Lc 2,8). Estaban allí para trabajar, porque eran pobres y su vida no tenía horarios, sino que dependía de los rebaños. No podían vivir como y donde querían, sino que se regían en base a las exigencias de las ovejas que cuidaban. Y Jesús nace allí, cerca de ellos, cerca de los olvidados de las periferias. Viene donde la dignidad del hombre es puesta a prueba. Viene a ennoblecer a los excluidos y se revela sobre todo a ellos; no a personajes cultos e importantes, sino a gente pobre que trabajaba. Esta noche, Dios viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo. Nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo. En el día de la Vida repitamos: ¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo.

Contemplemos una vez más el pesebre, dirigiendo la mirada hacia donde se divisan los magos, que peregrinan para adorar al Señor. Miremos y comprendamos que en torno a Jesús todo vuelve a la unidad: no están sólo los últimos, los pastores, sino también los eruditos y los ricos, los magos. En Belén están juntos los pobres y los ricos; los que adoran, como los magos, y los que trabajan, como los pastores. Todo se recompone cuando en el centro está Jesús; no nuestras ideas sobre Jesús, sino Él, el Viviente. Entonces, queridos hermanos y hermanas, volvamos a Belén, volvamos a los orígenes: a lo esencial de la fe, al primer amor, a la adoración y a la caridad. Contemplemos a los magos que peregrinan y como Iglesia sinodal, en camino, vayamos a Belén, donde Dios está en el hombre y el hombre en Dios; donde el Señor está al centro y es adorado; donde los últimos ocupan el lugar más cercano a Él; donde los pastores y los magos están juntos en una fraternidad más fuerte que cualquier clasificación. Que Dios nos conceda ser una Iglesia adoradora, pobre y fraterna. Esto es lo esencial. Volvamos a Belén.

Nos hace bien ir allí, dóciles al Evangelio de Navidad que presenta a la Sagrada Familia, a los pastores y a los magos: toda gente en camino. Hermanos, hermanas, pongámonos en camino, porque la vida es una peregrinación. Levantémonos, volvamos a despertar porque en esta noche ha brillado una luz. Es una luz amable y nos recuerda que en nuestra pequeñez somos hijos amados, hijos de la luz (cf. 1 Ts 5,5). Alegrémonos juntos, porque nadie podrá apagar nunca esta luz, la luz de Jesús, que desde esta noche resplandece en el mundo.

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Muchos podrían pensar que la sagrada cuna del Niño Jesús se encuentra en Belén, sin embargo, se encuentra en Roma en la Basílica Santa María la Mayor.

Según la tradición, la sagrada cuna se conserva en una reliquia en la Basílica Santa María la Mayor y ha sido objeto de oración y devoción durante siglos. Se trata de los restos del “cunabulum”, de la “sagrada cuna”, del pesebre en el que, según los Evangelios, el Niño Jesús fue colocado recién nacido.

En el año 432 d.C. el Papa Sixto III decidió realizar al interior de la primitiva Basílica de Santa María la Mayor una “gruta de la Natividad” similar a Belén. La Basílica tomó entonces el nombre de "Santa Maria adpraesepem", que en latín significa “pesebre”.


Reliquia de la sagrada cuna. Foto: Reliquiosiamente

Todo esto fue objeto de una devoción popular que empujó a muchos fieles, que regresaban de las peregrinaciones a Tierra Santa, a llevar como regalo los que eran considerado los valiosos fragmentos de la madera del famoso pesebre que acogió al Niño Jesús, aún hoy guardado en un relicario con el nombre de la sagrada cuna (cunabulum).

En Santa María la Mayor también se conserva otra reliquia relacionada con el pesebre: el “panniculum”, un pequeño trozo de tela, del tamaño de una mano, guardado en un estuche donado por Pío IX, según la tradición, una tira de las telas con las que María envolvió el Niño Jesús.

En el pasado, durante las fiestas navideñas, la sagrada cuna se colocaba en la nave central para la veneración de los fieles, pero el mal estado de conservación de los restos impidió su traslado. 

Traducido y adoptado por Mercedes De La Torre el 24 de diciembre de 2020. Publicado originalmente en ACI Stampa.

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El Obispo de Córdoba (España), Mons. Demetrio Fernández, recordó que este 25 de diciembre la Iglesia convoca a sus hijos a celebrar el nacimiento de Cristo y, por lo tanto, la noche previa es un momento “para la oración”, el encuentro familiar, la fiesta y la alegría.

En una reciente carta, el obispo español explicó que la Nochebuena del 24 de diciembre es la “noche santa en la que la Iglesia convoca a todos sus hijos” para celebrar que “Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, tomando carne del vientre virginal de María”.

“Ha nacido Niño indefenso en un ambiente de pobreza y de marginación. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, no había lugar para ellos en la posada y María dio a luz en un establo, reclinando a su Hijo en las pajas de un pesebre. Allí faltó de todo, y hubo sobreabundancia de amor”, expresó.

En Navidad se celebra “la cercanía de Dios al hombre”. “No podíamos imaginar que Dios pudiera entrar tan adentro de la historia humana. Ha entrado haciéndose hombre, uno de nosotros, sometido a todas las limitaciones humanas, sin pecado. Ha pasado hambre y sed, frío y calor, ha sufrido la fatiga y el desgaste, ha experimentado la humillación y el desprecio, ha muerto por nosotros en la cruz y ha vencido la muerte resucitando. Todo comenzó en Belén, en una Nochebuena”, afirmó.

En su carta, Mons. Fernández explicó que “al entrar en el mundo, el Hijo de Dios ha establecido una solidaridad inimaginable. Se ha unido de alguna manera con cada hombre. El misterio de su encarnación se prolonga en cada hombre. Cada hombre es imagen de Jesús, le representa. Y lo que hagamos a esa persona, ‘a mí me lo hicisteis’, nos dice el mismo Jesús”.

En ese sentido, dijo que “a partir de la encarnación, la solidaridad humana no brota de nosotros por consensos adquiridos, sino que esa solidaridad la ha establecido él misteriosamente, y por eso es una solidaridad que hemos de trabajar para que aflore en las relaciones humanas”.

Asimismo, destacó que junto al Niño está su madre, “María santísima, que lo ha engendrado por obra del Espíritu Santo en su vientre virginal. Virgen y Madre”.

“Virgen en plenitud de vida, en fecundidad pletórica. Virginidad que desemboca en maternidad, virginidad fecunda. Él es Dios y su madre virgen. Son dos aspectos de la misma realidad. Rebajando uno de ellos, disminuimos el otro. Confesamos en la fe que María es virgen y su Hijo es Dios”, afirmó.

El Obispo de Córdoba explicó que de esta manera quedó constituida “la Sagrada Familia de Nazaret. En torno a Jesús, María y José. Un icono en la tierra de la Trinidad eterna del cielo”.

“Jesús al entrar en el mundo ha santificado la familia humana. La que Dios ha diseñado por la unión del hombre y de la mujer, abierta a la vida en los hijos”, señaló.

En ese sentido, dijo que la fiesta de la Sagrada Familia, que se celebrará el domingo 26 de diciembre, es una ocasión “para dar gracias a Dios por nuestra familia, la familia en la que hemos nacido y las familias que se han constituido por el sacramento del matrimonio”.

El Obispo indicó que ese día celebrarán en la Catedral de Córdoba y en muchas parroquias las bodas de oro y de plata de varios matrimonios. “En los tiempos que corren vale la pena celebrar estos aniversarios y decirles a los jóvenes de hoy que el amor para siempre existe y es posible también para ellos”, señaló.

“A pesar de las debilidades humanas, que hacen frágil el amor, el sacramento del matrimonio purifica y sana el amor humano, prolongando la unión del Verbo con la carne en lazo indisoluble. La Navidad nos habla de esa indisolubilidad, de esa alianza indestructible de Dios con el hombre, que se hace patente en la alianza matrimonial”, concluyó Mons. Fernández.

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