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La Compañía de Jesús en Bolivia aseguró que ofrecerá acompañamiento especializado a una persona que denunció por violación sexual a uno de sus miembros ya fallecido.

Mediante un comunicado, explicaron que en diciembre de 2021 se recibió una denuncia por violación en contra de un jesuita -a quien llaman AMD-, que habría ocurrido en 1961.

Ante esto, la Compañía inició una investigación previa canónica, proceso que concluyó en 2022.

Al respecto, explicaron que "no es posible llevar adelante un proceso canónico en su contra", ya que el religioso falleció en 1990.

“No obstante, la Compañía de Jesús ha instruido que se atienda a la persona denunciante con acompañamiento especializado por el lapso de un año”, precisaron.

Al mismo tiempo, reafirmaron su compromiso de "actuar con responsabilidad, transparencia y honestidad" para crear "ambientes sanos y seguros".

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También se comprometieron a cumplir con "protocolos establecidos para ello, que permitan cuidar a menores de edad y a personas en situación de vulnerabilidad".

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26 de enero de 2023 / 4:50 a. m.

A continuación, el mensaje del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas: 

Para la Jornada Mundial de las Misiones de este año he elegido un tema que se inspira en el relato de los discípulos de Emaús, en el Evangelio de Lucas (cf. 24,13-35): “Corazones fervientes, pies en camino”.

Aquellos dos discípulos estaban confundidos y desilusionados, pero el encuentro con Cristo en la Palabra y en el Pan partido encendió su entusiasmo para volver a ponerse en camino hacia Jerusalén y anunciar que el Señor había resucitado verdaderamente. En el relato evangélico, percibimos la trasformación de los discípulos a partir de algunas imágenes sugestivas: los corazones que arden cuando Jesús explica las Escrituras, los ojos abiertos al reconocerlo y, como culminación, los pies que se ponen en camino. 

Meditando sobre estos tres aspectos, que trazan el itinerario de los discípulos misioneros, podemos renovar nuestro celo por la evangelización en el mundo actual. 

A lo largo del camino que va de Jerusalén a Emaús, los corazones de los dos discípulos estaban tristes -como se reflejaba en sus rostros-, a causa de la muerte de Jesús, en quien habían creído (cf. v. 17). Ante el fracaso del Maestro crucificado, su esperanza de que Él fuese el Mesías se había derrumbado (cf. v. 21). 

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Entonces, “mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos” (v. 15). Como al inicio de la vocación de los discípulos, también ahora, en el momento de su desconcierto, el Señor toma la iniciativa de acercarse a los suyos y de caminar a su lado. 

En su gran misericordia, Él nunca se cansa de estar con nosotros; incluso a pesar de nuestros defectos, dudas, debilidades, cuando la tristeza y el pesimismo nos induzcan a ser “duros de entendimiento” (v. 25), gente de poca fe. 

Hoy como entonces, el Señor resucitado es cercano a sus discípulos misioneros y camina con ellos, especialmente cuando se sienten perdidos, desanimados, amedrentados ante el misterio de la iniquidad que los rodea y los quiere sofocar. 

Por ello, “¡no nos dejemos robar la esperanza!” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 86). El Señor es más grande que nuestros problemas, sobre todo cuando los encontramos al anunciar el Evangelio al mundo, porque esta misión, después de todo, es suya y nosotros somos simplemente sus humildes colaboradores, “siervos inútiles” (cf. Lc 17,10). 

Quiero expresar mi cercanía en Cristo a todos los misioneros y las misioneras del mundo, en particular a aquellos que atraviesan un momento difícil. El Señor resucitado, queridos hermanos y hermanas, está siempre con ustedes y ve su generosidad y sus sacrificios por la misión de evangelización en lugares lejanos. No todos los días de la vida resplandece el sol, pero acordémonos siempre de las palabras del Señor Jesús a sus amigos antes de la pasión: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). 

Después de haber escuchado a los dos discípulos en el camino de Emaús, Jesús resucitado “comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24,27). Y los corazones de los discípulos se encendieron, tal como después se confiarían el uno al otro: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (v. 32). Jesús, efectivamente, es la Palabra viviente, la única que puede abrasar, iluminar y trasformar el corazón. 

(El artículo continúa después)

De ese modo comprendemos mejor la afirmación de san Jerónimo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (Comentario al profeta Isaías, Prólogo). “Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables” (Carta ap. M.P. Aperuit illis, 1). 

Por ello, el conocimiento de la Escritura es importante para la vida del cristiano, y todavía más para el anuncio de Cristo y de su Evangelio. De lo contrario, ¿qué trasmitiríamos a los demás sino nuestras propias ideas y proyectos? Y un corazón frío, ¿sería capaz de encender el corazón de los demás? 

Dejémonos entonces acompañar siempre por el Señor resucitado que nos explica el sentido de las Escrituras. Dejemos que Él encienda nuestro corazón, nos ilumine y nos trasforme, de modo que podamos anunciar al mundo su misterio de salvación con la fuerza y la sabiduría que vienen de su Espíritu. 

2. Ojos que “se abrieron y lo reconocieron” al partir el pan. Jesús en la Eucaristía es el culmen y la fuente de la misión. 

Los corazones fervientes por la Palabra de Dios empujaron a los discípulos de Emaús a pedir al misterioso viajero que permaneciese con ellos al caer la tarde. Y, alrededor de la mesa, sus ojos se abrieron y lo reconocieron cuando Él partió el pan. El elemento decisivo que abre los ojos de los discípulos es la secuencia de las acciones realizadas por Jesús: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y dárselo a ellos. 

Son gestos ordinarios de un padre de familia judío, pero que, realizados por Jesucristo con la gracia del Espíritu Santo, renuevan ante los dos comensales el signo de la multiplicación de los panes y sobre todo el de la Eucaristía, sacramento del Sacrificio de la cruz. Pero precisamente en el momento en el que reconocen a Jesús como Aquel que parte el pan, “Él había desaparecido de su vista” (Lc 24,31). 

Este hecho da a entender una realidad esencial de nuestra fe: Cristo que parte el pan se convierte ahora en el Pan partido, compartido con los discípulos y por tanto consumido por ellos. Se hizo invisible, porque ahora ha entrado dentro de los corazones de los discípulos para encenderlos todavía más, impulsándolos a retomar el camino sin demora, para comunicar a todos la experiencia única del encuentro con el Resucitado. Así, Cristo resucitado es Aquel que parte el pan y al mismo tiempo es el Pan partido para nosotros. Y, por eso, cada discípulo misionero está llamado a ser, como Jesús y en Él, gracias a la acción del Espíritu Santo, aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo. 

A este respecto, es necesario recordar que un simple partir el pan material con los hambrientos en el nombre de Cristo es ya un acto cristiano misionero. Con mayor razón, partir el Pan eucarístico, que es Cristo mismo, es la acción misionera por excelencia, porque la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. 

Lo recordó el Papa Benedicto XVI: “No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento (de la Eucaristía). Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: “Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”(Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 84). 

Para dar fruto debemos permanecer unidos a Él (cf. Jn 15,4-9). Y esta unión se realiza a través de la oración diaria, en particular en la adoración, estando en silencio ante la presencia del Señor, que se queda con nosotros en la Eucaristía. El discípulo misionero, cultivando con amor esta comunión con Cristo, puede convertirse en un místico en acción. Que nuestro corazón anhele siempre la compañía de Jesús, suspirando la vehemente petición de los dos de Emaús, sobre todo cuando cae la noche: “¡Quédate con nosotros, Señor!” (cf. Lc 24,29). 

3. Pies que se ponen en camino, con la alegría de anunciar a Cristo Resucitado. La eterna juventud de una Iglesia siempre en salida. 

Después de que se les abrieron los ojos, reconociendo a Jesús “al partir el pan», los discípulos, sin demora, «se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén” (Lc 24,33). Este ir de prisa, para compartir con los demás la alegría del encuentro con el Señor, manifiesta que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento.

Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1). No es posible encontrar verdaderamente a Jesús resucitado sin sentirse impulsados por el deseo de comunicarlo a todos. Por lo tanto, el primer y principal recurso de la misión lo constituyen aquellos que han reconocido a Cristo resucitado, en las Escrituras y en la Eucaristía, que llevan su fuego en el corazón y su luz en la mirada. Ellos pueden testimoniar la vida que no muere más, incluso en las situaciones más difíciles y en los momentos más oscuros. 

La imagen de los “pies que se ponen en camino” nos recuerda una vez más la validez perenne de la misión ad gentes, la misión que el Señor resucitado dio a la Iglesia de evangelizar a cada persona y a cada pueblo hasta los confines de la tierra. Hoy más que nunca la humanidad, herida por tantas injusticias, divisiones y guerras, necesita la Buena Noticia de la paz y de la salvación en Cristo. Por tanto, aprovecho esta ocasión para reiterar que «todos tienen el derecho de recibir el Evangelio.

Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (ibíd., 14). La conversión misionera sigue siendo el objetivo principal que debemos proponernos como individuos y como comunidades, porque «la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia» (ibíd., 15). 

Como afirma el apóstol Pablo, “el amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14). Se trata aquí de un doble amor, el que Cristo tiene por nosotros, que atrae, inspira y suscita nuestro amor por Él. Y este amor es el que hace que la Iglesia en salida sea siempre joven, con todos sus miembros en misión para anunciar el Evangelio de Cristo, convencidos de que “Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”(v. 15).

Todos pueden contribuir a este movimiento misionero con la oración y la acción, con la ofrenda de dinero y de sacrificios, y con el propio testimonio. Las Obras Misioneras Pontificias son el instrumento privilegiado para favorecer esta cooperación misionera en el ámbito espiritual y material. Por esto la colecta de donaciones de la Jornada Mundial de las Misiones está dedicada a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. 

La urgencia de la acción misionera de la Iglesia supone naturalmente una cooperación misionera cada vez más estrecha de todos sus miembros a todos los niveles. Este es un objetivo esencial en el itinerario sinodal que la Iglesia está recorriendo con las palabras clave comunión, participación y misión. Tal itinerario no es de ningún modo un replegarse de la Iglesia sobre sí misma, ni un proceso de sondeo popular para decidir, como se haría en un parlamento, qué es lo que hay que creer y practicar y qué no, según las preferencias humanas.

Es más bien un ponerse en camino, como los discípulos de Emaús, escuchando al Señor resucitado que siempre sale a nuestro encuentro para explicarnos el sentido de la Escrituras y partir para nosotros el Pan, y así poder llevar adelante, con la fuerza del Espíritu Santo, su misión en el mundo. 

Como aquellos dos discípulos “contaron a los otros lo que les había pasado por el camino” (Lc 24,35), también nuestro anuncio será una narración alegre de Cristo el Señor, de su vida, de su pasión, muerte y resurrección, de las maravillas que su amor ha realizado en nuestras vidas. 

Pongámonos de nuevo en camino también nosotros, iluminados por el encuentro con el Resucitado y animados por su Espíritu. Salgamos con los corazones fervientes, los ojos abiertos, los pies en camino, para encender otros corazones con la Palabra de Dios, abrir los ojos de otros a Jesús Eucaristía, e invitar a todos a caminar juntos por el camino de la paz y de la salvación que Dios, en Cristo, ha dado a la humanidad.  

Santa María del camino, Madre de los discípulos misioneros de Cristo y Reina de las misiones, ruega por nosotros. 

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26 de enero de 2023 / 4:14 a. m.

El secretario general de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Mons. César García Magán ha revelado que el Obispo de Cádiz-Ceuta, Mons. Rafael Zornoza se encontraba muy cerca del lugar del atentado islamista perpetrado este miércoles en Algeciras. 

Mons. Zornoza se encontraba en el municipio “porque estaba haciendo una visita pastoral y estaba, no en esa iglesia, pero a escasos metros”, según ha confirmado Mons. García Magán en un encuentro con la prensa este jueves. 

Si bien el Prelado no corrió peligro directo, esta circunstancia, ha añadido, “le permitió personarse inmediatamente en ese lugar y recibir información de primera mano”.

El secretario general de la CEE reconoce que “en este caso ha habido una motivación religiosa de odio a la fe”, pero subraya que “no podemos ni debemos demonizar a colectivos o a grupos en general”. 

En este sentido, ha incidido en que “no podemos caer en provocaciones, no podemos echar leña al fuego, no podemos caer en demagogias y no podemos identificar el terrorismo con ninguna religión ni con ninguna fe”.

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El Prelado ha expresado en todo caso la “condena más absoluta y total” de los hechos “con una gravedad especial, que es cuando esa violencia se pretende justificar equivocadamente en nombre de Dios. Eso es tomar el nombre de Dios en vano, se llame o pongamos el nombre a ese Dios único y verdadero, sea el nombre que sea”.

El secretario de los obispos españoles recordó además que “como dijo San Juan Pablo II, revalidó Benedicto XVI y ha confirmado el Papa Francisco, no se puede utilizar jamás, jamás, jamás el nombre de Dios para ningún acto de violencia”.

El sacerdote herido, “fuera de peligro”

Por su parte, el Obispado de Cádiz-Ceuta emitió en la madrugada del miércoles al jueves, hora española, un comunicado en el que “aún conmocionada por el triste suceso, lamenta profundamente la agresión sucedida”. 

En el texto se detalla que el P. Antonio R. Lucena, sacerdote salesiano encargado de la Capilla de San Isidro que resultó herido durante el atentado, se encuentra “afortunadamente ya fuera de peligro”.

La Diócesis destaca que el sacristán de la parroquia de Nuestra Señora de la Palma asesinado era “muy querido en la parroquia y en la ciudad, por su entrega y afabilidad con todos”.

(El artículo continúa después)

El Obispado expresa también su “más firme condena a la violencia contraria a la voluntad de Dios y a la enseñanza de la Iglesia que altera la convivencia pacífica deseada por la inmensa mayoría de la población y que perturba profundamente la vida social”. 

Mons. Zornoza anima a través del comunicado “a los fieles de estas parroquias, al clero, a la familia salesiana y al pueblo de Algeciras a vivir estos acontecimientos con fortaleza evangélica”. 

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26 de enero de 2023 / 12:01 a. m.

Hoy, 26 de enero, un día después de haber celebrado la Conversión de San Pablo, la Iglesia Católica celebra a los santos Tito y Timoteo, amigos cercanos y discípulos del Apóstol.

Tito y Timoteo estuvieron a cargo de las comunidades cristianas de la isla de Creta y de Éfeso, respectivamente. A ellos fueron dirigidas tres de las cartas atribuidas a San Pablo: la primera y segunda Epístola a Timoteo, y la Epístola a Tito. Estas cartas forman parte de las “epístolas paulinas” e integran el conjunto de libros que componen el Nuevo Testamento.

Timoteo

Timoteo nació en Listra (hoy Turquía), hijo de padre pagano y de madre judeocristiana. En el Nuevo Testamento aparece como el discípulo más cercano al Apóstol Pablo, con quien realizó numerosos viajes. El Apóstol lo nombró obispo de Éfeso y, en virtud de dicho encargo, lo hizo destinatario de las dos cartas que conocemos, redactadas con el propósito de orientarlo en la dirección de sus comunidades.

San Timoteo es mencionado 6 veces en los Hechos de los Apóstoles, 17 veces en las epístolas paulinas y 1 vez en la Epístola a los hebreos.

Parte de sus reliquias reposan hoy en Italia, en la Catedral de Termoli, a donde fueron llevadas en el año 1239, procedentes de Constantinopla.

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Tito

Por su parte, Tito, cuyo nombre intitula otra de las epístolas paulinas, acompañó al Apóstol y a Bernabé durante el Concilio de Jerusalén. Después de haber predicado al lado de Pablo en varias ciudades, el Apóstol lo consagró obispo de la isla de Creta.

Posteriormente, le escribe atestiguando la verdad e importancia de la enseñanza de Cristo recibida de los Apóstoles, necesaria para la salvación: “Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los que creen en Dios traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres” (Tito 3, 8).

En la actualidad, en Gortina (Creta) se conservan las ruinas de una basílica dedicada a Tito. En la capital de la isla del Mediterráneo, Heraclión, hay una iglesia bajo la advocación del santo, en la que se preservan sus reliquias desde 1966. Antes de ese año estuvieron en Venecia (Italia), donde tuvieron que ser trasladadas en tiempos en los que Creta cayó bajo dominio turco.

Festividad común

En 1969 se produjo la reforma del calendario de los santos (santoral) por mandato del Papa San Pablo VI. Antes de la reforma, la fiesta de San Tito se celebraba el 25 de febrero, pero luego pasó a celebrarse el 26 de enero, el mismo día que San Timoteo, el otro discípulo y amigo cercano de San Pablo.

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25 de enero de 2023 / 12:14 p. m.

El Papa Francisco preside este 25 de enero, Solemnidad de la Conversión de San Pablo, las segundas vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma, con lo que concluye la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que ha marcado esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Son palabras fuertes, tan fuertes que podrían parecer inoportunas mientras tenemos la alegría de encontrarnos como hermanos y hermanas en Cristo para celebrar una liturgia solemne de alabanza en su honor.

No faltan hoy noticias tristes y preocupantes, por lo que con gusto prescindiríamos de los "reproches sociales" de la Escritura. Y aún así, si prestamos atención a las inquietudes del tiempo en que vivimos, con mayor razón hemos de interesarnos en lo que hace sufrir al Señor, por quien vivimos.

Y si nos hemos reunido en su nombre, no podemos más que poner al centro su Palabra, que es profética. En efecto, Dios, con la voz de Isaías, nos amonesta y nos invita al cambio. Amonestación y cambio son las dos palabras sobre las que quisiera proponerles algunas ideas esta tarde.

1.- Amonestación

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Volvamos a escuchar algunas palabras divinas: «Cuando ustedes vienen a ver mi rostro, […] no me sigan trayendo vanas ofrendas; […] cuando extienden sus manos, yo cierro los ojos; por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho» (Is 1,12.13.15).

¿Qué es lo que suscita la indignación del Señor, al punto de reclamarle al pueblo que tanto ama con ese tono tan furioso? El texto nos revela dos motivos.

En primer lugar, Él critica el hecho de que, en su templo, en su nombre, no se cumple lo que Él quiere. No quiere ni incienso ni ofrendas, sino que el oprimido sea socorrido, que se haga justicia al huérfano, que se defienda a la viuda (cf. v. 17).

En la sociedad del tiempo del profeta, se había difundido la tendencia —lamentablemente siempre actual— de considerar que los bendecidos por Dios eran los ricos y aquellos que hacían muchas ofrendas, despreciando a los pobres.

Pero esto es malinterpretar completamente al Señor. Jesús llama bienaventurados a los pobres (cf. Lc 6,20), y en la parábola del juicio final se identifica con los que tienen hambre, los que tienen sed, los que están de paso, los necesitados, los enfermos y los encarcelados (cf. Mt 25,35-36).

Este es el primer motivo de la indignación: Dios sufre cuando nosotros, que nos decimos ser fieles suyos, anteponemos nuestra visión a la suya; seguimos los criterios de la tierra antes que los del cielo, conformándonos con la ritualidad exterior y quedándonos indiferentes delante de aquellos que más le importan a Él.

(El artículo continúa después)

Por tanto, Dios siente dolor, podríamos decir, por nuestra comprensión errónea e indiferente. Además de esto, hay un segundo motivo, más grave, que ofende al Altísimo: la violencia sacrílega. Él dice: «¡No puedo aguantar el delito y la fiesta! […] ¡las manos de ustedes están llenas de sangre! […] ¡Aparten de mi vista la maldad de sus acciones!» (Is 1,13.15.16).

El Señor está “enfadado” por la violencia cometida contra el templo de Dios que es el hombre, mientras es honrado en los templos construidos por el hombre. Podemos imaginar con cuánto sufrimiento ha de presenciar guerras y acciones violentas realizadas por quien se profesa cristiano.

Viene a la mente aquel episodio en el que un santo, con el fin de protestar contra la crueldad del rey, fue a verlo durante la Cuaresma para ofrecerle carne. Cuando el soberano, en nombre de su religiosidad, la rechazó indignado, el hombre de Dios le preguntó por qué le daba escrúpulo comer carne animal, cuando en cambio no titubeaba en entregar a la muerte a hijos de Dios.

Hermanos y hermanas, esta amonestación del Señor nos hace pensar mucho, como cristianos y como confesiones cristianas.

Quisiera reiterar que «hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse» (Carta enc. Fratelli tutti, 86).

Si queremos, a ejemplo del apóstol Pablo, que la gracia de Dios en nosotros no sea estéril (cf. 1 Co 15,10), hemos de oponernos a la guerra, a la violencia y a la injusticia en todo lugar donde se insinúen.

El tema de esta semana de oración fue elegido por un grupo de fieles de Minnesota, conscientes de las injusticias cometidas en el pasado respecto a los pueblos indígenas y contra los afroamericanos en nuestros días.

Frente a las diversas formas de desprecio y racismo; frente a la comprensión errónea e indiferente y a la violencia sacrílega, la Palabra de Dios nos amonesta: «¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho!» (Is 1,17). En efecto, no es suficiente denunciar; es necesario también renunciar al mal, pasar del mal al bien. La amonestación, por tanto, está encaminada a nuestro cambio.

2.- Cambio

Habiendo diagnosticado los errores, el Señor pide remediarlos y, por medio del profeta, dice: «¡Lávense, purifíquense! […] ¡Cesen de hacer el mal!» (v. 16). Y sabiendo que estamos oprimidos o como paralizados por tantas culpas, promete que Él lavará nuestros pecados: «Vengan y discutamos —dice el Señor—: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana» (v. 18).

Queridos hermanos y hermanas, por nosotros mismos no somos capaces de liberarnos de nuestras malas comprensiones de Dios y de la violencia que se incuba en nuestro interior.

Sin Dios, sin su gracia, no nos curamos de nuestro pecado. Su gracia es la fuente de nuestro cambio. Nos lo recuerda la vida del apóstol Pablo, que hoy recordamos. No podemos lograrlo nosotros solos, pero con Dios todo es posible; solos no podemos, pero juntos es posible.

En efecto, el Señor pide a los suyos que se conviertan, juntos. La conversión, palabra tan repetida pero que no es fácil, se pide al pueblo; tiene una dinámica comunitaria, eclesial. Por tanto, creamos que también nuestra conversión ecuménica avanza en la medida en que nos reconocemos necesitados de gracia; necesitados de la misma misericordia; sabiendo que todos dependemos en todo de Dios, nos sentiremos y seremos, con su ayuda, verdaderamente uno (cf. Jn 17,21).

Qué hermoso es que juntos, en el signo de la gracia del Espíritu, nos abramos a este cambio de perspectiva, redescubriendo que «todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo, y así —como escribió San Juan Crisóstomo—, quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos» (Lumen gentium, 13; In Io. hom. 65,1).

En este camino de comunión, estoy agradecido de que tantos cristianos de varias comunidades y tradiciones estén acompañando, con participación e interés, el camino sinodal de la Iglesia católica, que deseo que sea cada vez más ecuménico.

Pero no olvidemos que caminar juntos y reconocernos en comunión los unos con los otros en el Espíritu Santo implica un cambio, un crecimiento que sólo puede suceder, como escribía Benedicto XVI, «a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo» (Carta enc. Deus caritas est, 18).

Que el apóstol Pablo nos ayude a cambiar, a convertirnos; que nos dé un poco de su valentía indómita. Porque, en nuestro camino, es fácil trabajar por el propio grupo más que por el Reino de Dios, impacientarse, perder la esperanza de que llegue aquel día en que «todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio» (Decr. Unitatis redintegratio, 4).

Pero justamente en vista de ese día, volvamos a poner nuestra confianza en Jesús, nuestra Pascua y nuestra paz. Mientras le rezamos y lo adoramos, Él obra. Y nos conforta lo que dijo a Pablo, y que podemos sentir dirigido a cada uno de nosotros: «Te basta mi gracia» (2 Co 12,9).

Queridos hermanos y hermanas, quise compartir, en espíritu fraterno, estos pensamientos que la Palabra me ha suscitado, para que, amonestados por Dios, por su gracia cambiemos y crezcamos en la oración, el servicio, el diálogo y el trabajo juntos hacia aquella plena unidad que Cristo desea.

Ahora quisiera agradecerles de corazón, expresando mi reconocimiento a Su Eminencia, el Metropolita Policarpo, Representante del Patriarcado Ecuménico; a Su Gracia Ian Ernest, Representante personal del Arzobispo de Canterbury en Roma; y a los representantes de las demás comunidades cristianas presentes. Expreso una profunda solidaridad a los miembros del Consejo Panucraniano de las Iglesias y de las Organizaciones Religiosas.

En particular, saludo a los estudiantes ortodoxos y ortodoxos orientales, a los becarios del Comité de colaboración cultural con las Iglesias Ortodoxas ante el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y a los miembros del Instituto Ecuménico de Bossey del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

También saludo cordialmente a Frère Alois y a los hermanos de Taizé, comprometidos en la preparación de la Vigilia ecuménica de oración que precederá la apertura de la próxima sesión del Sínodo de los obispos.

Todos juntos caminemos por el camino que el Señor nos ha puesto delante, el de la unidad.

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El P. Juan Manuel Góngora, sacerdote de la diócesis de Almería (España) ha respondido a la arenga pro aborto pronunciada por un importante dirigente socialista en el Congreso de los Diputados que incluyó una referencia a Dios. 

A través de su cuenta en Twitter, en la que tiene más de 56 mil seguidores, el sacerdote ha replicado al portavoz del Grupo Socialista en el Congreso Francisco Javier “Patxi” López quien exclamó desde la tribuna de oradores:  

“Vamos a ver si se enteran de una vez: ¡No hay ni Gobierno, ni Estado, ni Dios que pueda decidir sobre el cuerpo y la vida de las mujeres! ¡Solo ellas! ¡Porque cada una es soberana de sí misma!”.

El presbítero se ha dirigido a López para señalar: “Llegado el día, @patxilopez, puede que te recuerden estas palabras y no habrá aplausos ni sonrisas de respuesta. Que Dios se apiade de tu alma”.

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Algunos de los usuarios de la red social han refrendado las palabras del sacerdote con comentarios como “hace tiempo que este personaje vendió su alma al diablo”, recordando el refranero (“quien al cielo escupe, en la cara le cae”) o citando el salmo 53: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”.

Durante su intervención en el Congreso López abordó la cuestión del aborto en referencia a la polémica surgida a raíz del impulso en la Comunidad de Castilla y León de un protocolo que permita a las mujeres en riesgo de aborto acceder a una ecografía y escuchar el latido fetal. 

A su juicio, este tipo de política “da miedo” al pretender “institucionalizar lo que se hacía en las puertas de las clínicas”, en referencia a la labor de los provida que ofrecen recursos y alternativas a las madres que acuden a los negocios de aborto.

Abundando en su argumento, López añadió: “Solo les faltaba lo de rezar”, en referencia a campañas como 40 Días por la Vida o Rezar no es Delito dedicadas a orar ante los centros de aborto pidiendo por el fin de esta práctica homicida. 

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25 de enero de 2023 / 11:05 a. m.

La Santa Sede informó este 25 de enero que el Papa Francisco nombró nuevo Arzobispo de Santa Fe de Antioquia (Colombia), a Mons. Hugo Alberto Torres Marín, quien es hasta el momento Obispo de Apartadó.

Desde el 3 de mayo de 2022 la Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia ha estado bajo la dirección de Mons. Elkin Álvarez Botero como administrador apostólico, designado luego que el Papa aceptó la renuncia que Mons. Orlando Antonio Corrales presentó al cumplir 75 años de edad.

Por su parte, la Conferencia Episcopal de Colombia informó que la posesión canónica de Mons. Torres Marín como Arzobispo de Santa Fe de Antioquia ha sido fijada para el día 23 de marzo.

Breve biografía

Mons. Hugo Alberto Torres Marín nació en Briceño (Colombia) el 9 de agosto de 1960, en el hogar formado por Francisco José Torres y Judith Marín Zuluaga.

Sus estudios de bachillerato, Filosofía y Teología los realizó en el Seminario Menor y Mayor de Santa Rosa de Osos.

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Fue ordenado sacerdote para la Diócesis de Santa Rosa de Osos el 24 de noviembre de 1987.

El nuevo Arzobispo obtuvo la licenciatura en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y la licenciatura en Filosofía y Ciencias Religiosas en la Universidad Católica de Oriente en convenio con la Fundación Universitaria Católica del Norte. Se ha especializado en Alta gerencia y Pedagogía de la virtualidad.

En la Diócesis de Santa Rosa de Osos se ha desempeñado como vicario cooperador, párroco, vicario de pastoral, formador del Seminario Menor y Mayor, integrante del equipo administrativo de la FUCN y rector del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino.

El 4 de mayo de 2011 Benedicto XVI lo nombró Obispo Auxiliar de Medellín. Recibió la consagración episcopal de parte de Mons. Ricardo Tobón Restrepo el 4 de junio del mismo año.

El 16 de octubre de 2014 fue nombrado Administrador Apostólico de la Diócesis de Apartadó y un año después fue designado obispo residencial.

El 25 de enero de 2023 el Papa Francisco lo nombró Arzobispo de Santa Fe de Antioquia.

(El artículo continúa después)

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