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Cada 25 de agosto se recuerda a Luis IX, San Luis de Francia (1214-1270), conocido también como el rey Ludovico, quien se distinguió por su espíritu de penitencia y oración, y por su generosidad con los pobres y los débiles. San Luis fue un gobernante sabio, justo y prudente.

Luis nació en Poissy, cerca de París, el 25 de abril en el año 1214; hijo de Luis VIII de Francia y de Blanca de Castilla. Fue contemporáneo de Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, ambos destinados a ser profesores en París, donde se encontraba la universidad más famosa de aquel entonces.

Coronado a los 22 años, Luis contrajo nupcias con Margarita de Provenza en 1227, con la que tuvo once hijos. El rey fue un esposo y padre ejemplar.

En el corazón de Luis IX destacaba su amor a la Iglesia y el deseo de protegerla y extenderla. Fue así que decidió apoyar la construcción de nuevos monasterios y el fortalecimiento de las órdenes religiosas.

La corona de espinas

Balduino II, último emperador latino de Constantinopla, se vio obligado a vender la "Corona de Espinas" -la que según la tradición fue puesta en la cabeza de Jesús por la soldadesca romana antes de la crucifixión-, una de sus posesiones más célebres. La reliquia había pasado por distintas manos hasta que fue recuperada por San Luis. El santo, entonces, mandó derribar la capilla de San Nicolás y construyó en su lugar la "Sainte Chapelle" (Santa Capilla) en París para preservar allí la reliquia, junto a otros tesoros patrimonio de la Iglesia.

San Luis de Francia perteneció a la Orden Terciaria Franciscana. Entre los monasterios más famosos que mandó edificar estuvo el de Royaumont, así como el convento de Maubuisson (con ayuda de su madre). Para el servicio de sus súbditos construyó el hospital de ciegos Quinze-Vingts (Los Trescientos).

Las cruzadas

San Luis de Francia participó en dos cruzadas, decidido a recuperar el Santo Sepulcro y frenar las invasiones árabes en Tierra Santa, pero estas no tuvieron éxito. Sin embargo, por su compromiso y lealtad con la causa fue considerado como uno de los caballeros más valientes de la época.

En la primera cruzada cayó prisionero en Egipto pero fue liberado. Como no se pudo lograr el objetivo inicial de recuperar los lugares santos, el rey santo colaboró en la organización de una segunda cruzada, durante la cual enfermó de disentería cerca de Cartago (norte de África) y murió.

San Luis IX falleció el 25 de agosto de 1270, un día después de haber recibido los últimos sacramentos. Tenía 55 años. Sus restos fueron trasladados a Francia y depositados en la iglesia de Saint-Denis, donde permanecieron a salvo hasta que fueron profanados en los días de la Revolución Francesa. Luis de Francia fue canonizado en 1297.

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Si quieres profundizar en la figura de este gran santo, te recomendamos que leas el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Luis_IX.

Más información del santo en:

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Dos sindicatos españoles, Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores, consideran que recuperar el día de Santiago Apóstol como festivo en la Comunidad de Castilla y León supone “reponer las mentiras y la mitología del pasado franquista en el calendario laboral”.

El calendario litúrgico establece el 25 de julio la celebración de Santiago Apóstol, patrón de España. Sin embargo, a efectos laborales, esta fecha no es considerada feriada a nivel nacional. Esta posibilidad se deja a criterio de las comunidades autónomas o de los municipios. 

La polémica se ha suscitado en esta ocasión por la decisión del consejero de Industria, Comercio y Empleo de la Comunidad de Castilla y León de modificar el calendario laboral para 2023 y recuperar el día de Santiago como festivo. 

Esta decisión ha supuesto la eliminación del día 2 de enero como feriado, circunstancia que suele ser habitual cuando el día 1 de enero coincide en domingo, como es el caso del año próximo. 

Recientemente el Arzobispo de Valencia (España), Cardenal Antonio Cañizares Llovera, reivindicó las raíces católicas de España y a su patrón, pues “la historia de nuestra patria española está amasada, en efecto, con la figura del Apóstol”. 

Esta reflexión del Purpurado estaba motivada, precisamente, por el hecho de que la fiesta litúrgica de Santiago Apóstol no sea acompañada con la declaración de día feriado en el calendario laboral civil. 

Esta es una anomalía reseñable, si se tiene en cuenta que en este 2022, por ejemplo, sí han sido considerados días feriados a nivel nacional la Epifanía del Señor, el Jueves Santo, el Viernes Santo, la Asunción de la Virgen, el Día de todos los Santo, el Día de la Inmaculada Concepción o la Natividad del Señor.

El Cardenal Cañizares sostiene que “sin la fe transmitida por los apóstoles ni hay España, ni se puede entender la España que hay”.

Santiago el Mayor

Hermano de San Juan Evangelista, el Apóstol Santiago fue apodado el Mayor para distinguirle de su hermano en el apostolado, Santiago el Menor. Presenció todos los grandes milagros de Cristo y fue, junto a San Juan y San Pedro, testigo privilegiado de la Transfiguración y la Oración en el Huerto.

Santiago fue el primero de los 12 apóstoles en recibir la palma del martirio. La tradición cuenta que alcanzó España en su evangelización y que fue protagonista de la primera aparición de la Virgen en Zaragoza, sobre un pilar. 

Se cree que su cuerpo está enterrado en la catedral de Santiago de Compostela, a donde a lo largo de la historia han peregrinado millones de personas. El Apóstol Santiago es patrón de España.

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Al finalizar la Audiencia General, el Papa Francisco recordó que hoy, 24 de agosto, se cumplen 6 meses desde que estalló el conflicto en Ucrania y lamentó las víctimas inocentes de “la locura de la guerra”.

El Santo Padre renovó “la invitación a implorar por la paz del Señor para el amado pueblo ucraniano que sufre el horror de la guerra desde hace 6 meses”.

Con semblante serio y preocupado, pidió también que se tomen medidas para “evitar el riesgo de una catástrofe nuclear en Zaporizhzhia”, la ciudad del sureste de Ucrania donde se encuentra una de las mayores centrales nucleares de Europa y donde cientos de personas llevan meses atrincheradas. 

Además, el Papa aseguró llevar en su corazón a los presos, “especialmente a los que están en condiciones frágiles”, y pidió a las autoridades responsables que trabajen por su liberación.

A continuación, el Pontífice lamentó que son los inocentes los que pagan la “locura de la guerra”: “Tantos muertos, pues, tantos refugiados, hay tantos aquí…”.

“Muchos niños ucranianos y rusos heridos se han quedado huérfanos. La orfandad no tiene nacionalidad, han perdido a su padre o a su madre. Que sean rusos, que sean ucranianos. Pienso en tanta crueldad para tantos inocentes que están pagando la locura, la locura de todos los bandos, porque la guerra es una locura. Y nadie que esté en guerra puede decir que no, que no estoy loco. La locura de la guerra…”, djo el Papa. 

El Santo Padre también hizo referencia al asesinato de Darya Dugina, hija del ideólogo del Presidente ruso Vladimir Putin, Aleksandr Dugin, que murió en una explosión de su coche el 20 de agosto 

“Pienso en la pobre chica a la que le explotó una bomba bajo el asiento de un coche en Moscú. Los inocentes pagan por la guerra”, subrayó.

Además, denunció que “los que se benefician del comercio de armas son criminales que matan a la humanidad”.

Asimismo, el Papa recordó las guerras en otros países, como la de Siria o Yemen, “donde tantos niños pasan hambre”.

Por último, haciendo referencia a Rusia y Ucrania, recordó que “ambos países los he consagrado al Corazón Inmaculado de María”.

“Que la Madre vea a estos dos países, que vea a Ucrania, que vea a Rusia, que nos traiga la paz. Necesitamos la paz”, concluyó.

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El 24 de agosto de 1562, fiesta de san Bartolomé, sonó por primera vez la campana del convento de San José, primero de los muchos que fundó Santa Teresa de Jesús en su reforma de la Orden del Carmelo.

Para remarcar la importancia de la fecha, exactamente 460 años después de la fundación, la Diócesis de Ávila ha programado la salida extraordinaria de la imagen de Santa Teresa desde su casa natal hasta el convento de San José.

Se trata de la sexta ocasión en que este traslado se produce a lo largo de toda la historia. Las últimas se produjeron en agosto de 2012 (por los 450 años de la fundación del convento), el 28 de marzo de 2015 (con motivo del V Centenario del nacimiento de la Santa), y el 24 de agosto de 2018 (al igual que ahora, por el Año Jubilar Teresiano).

Recientemente, y en el marco del año jubilar que se celebra con motivo del IV Centenario de la Canonización de Santa Teresa, el templo edificado sobre la casa de la santa adquirió la condición de basílica menor. 

Tras la procesión, se celebrarán las vísperas en el convento de San José y una Eucaristía presidida por el Arzobispo Emérito de Valladolid, Cardenal Ricardo Blázquez, que es oriundo del pueblo abulense de Villanueva del Campillo. 

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada nació en Ávila en 1515, fue la fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas. Fue beatificada en 1614 y canonizada en 1662. El 2 de noviembre de 1535, Teresa entró como postulanta en el Convento de la Encarnación y profesó como monja el 3 de noviembre de 1536. 

La fundación del convento de San José suponía la vuelta a las reglas originales de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo redactadas por san Alberto de Jerusalén en 1226. 

Animaron a la santa a tomar esta decisión el franciscano San Pedro de Alcántara, el jesuita San Francisco de Borja y el dominico San Luis Beltrán.

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En la Audiencia General de este miércoles 24 de agosto, el Papa Francisco aseguró que “nuestro destino es resucitar” y que tras la llamada del Señor, “llega la fiesta”.

Al comienzo de su catequesis, la última de su ciclo de catequesis sobre la vejez, el Papa Francisco -quien llegó hasta el Aula Pablo VI en silla de ruedas-, recordó la reciente celebración de la Asunción al cielo de la Madre de Jesús: “Este misterio ilumina el  cumplimiento de la gracia que ha plasmado el destino de María y que también ilumina nuestro destino, que es el cielo”.

“Según la fe cristiana, el Resucitado es el  primogénito de muchos hermanos y hermanas. El Señor resucitado ha sido el primero, luego iremos nosotros. Este es nuestro destino, resucitar”, aseguró a continuación.

En esta línea, el Santo Padre explicó que, “si el primero ha sido un nacimiento sobre la tierra, el segundo es el nacimiento en el cielo”.

“Como recién salidos del seno de nuestra madre, somos siempre nosotros, el mismo ser humano que estaba en el vientre, así, después de la muerte, nacemos en el cielo, en el espacio de Dios, y somos siempre nosotros los que hemos caminado sobre esta tierra”, señaló.

Además, aseguró que “Él vendrá, no sólo al final para todos, sino que vendrá cada vez para cada uno de nosotros, vendrá a buscarnos, a buscarnos para llevarnos con Él”.

“En este sentido -continuó el Papa-, la muerte es un poco el paso al encuentro con Jesús, que me está esperando para llevarme con Él”.

Más tarde, el Papa defendió que tras la muerte, nuestros rostros serán reconocibles y eso “nos permitirá permanecer seres humanos en el cielo de Dios”. 

“Nos  permitirá participar, con sublime emoción, a la exuberancia infinita y feliz del acto creador de Dios, del  que viviremos en primera persona todas las aventuras interminables”, afirmó.

Además, el Papa recordó que “Jesús, cuando habla del Reino de Dios, lo describe como un banquete de bodas, como una fiesta con los amigos, como el trabajo que hace perfecta la casa, o las sorpresas que hacen la cosecha más rica de la siembra”. 

“Tomar en serio las palabras evangélicas sobre el Reino habilita nuestra sensibilidad a gozar  del amor laborioso y creativo de Dios, y nos pone en sintonía con el destino inaudito de la vida que  sembramos”, aseguró.

A continuación, se dirigió a los ancianos y explicó que ellos deben ser “luz para los demás”: “Toda nuestra vida aparece como una semilla que deberá ser  enterrada para que nazca su flor y su fruto. Nacerá, junto con todo el mundo. No sin dolores, no sin dolor,  pero nacerá”.

“El Señor resucitado, no por casualidad, mientras espera a los Apóstoles a la orilla del lago, asa el  pescado (cf. Jn 21,9) y luego se lo ofrece. Este gesto de amor atento nos hace intuir lo que nos espera mientras pasamos a la otra orilla”, dijo el Papa Francisco ante los miles de fieles. 

“Sí, queridos hermanos y hermanas, especialmente vosotros, ancianos, lo mejor de la vida todavía está por llegar. Somos ancianos, ¿qué más podemos ver? Lo mejor. Porque lo mejor de la vida todavía está por ver”, aseguró el Santo Padre. 

Tras estas bellas palabras, el Papa invitó a los fieles a esperar “esta plenitud de vida que nos espera a todos cuando el Señor nos llame. Que la Madre del Señor y Madre nuestra, que nos ha precedido en el  Paraíso, nos devuelva la inquietud de la espera”.  

“Porque no es una espera anestesiada, no es una espera aburrida, no. Es una espera con inquietud, una espera de cuándo vendrá mi Señor, cuándo podré ir…y da un poco de miedo porque este camino no sé qué significa, y pasar aquella puerta da un poco de miedo”, advirtió el Papa.

“Pero está siempre la mano del Señor que te lleva adelante, y pasada la puerta está la fiesta. Estemos atentos, vosotros queridos ancianos y ancianas coetáneos, estemos atentos, Él noS está esperando. Es solo un camino, y después la fiesta”, concluyó el Papa Francisco.

Tras finalizar su catequesis y durante el saludo a los fieles, el Papa recordó que “mañana celebramos a San Luis, Rey de Francia, modelo de marido, de padre y de político. Que su ejemplo, sostenga vuestro testimonio cristiano”. 

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El Papa Francisco concluyó sus catequesis sobre la vejez en la Audiencia General de este miércoles 24 de agosto, donde habló acerca de “Los dolores de la creación: la historia de la criatura como misterio de la gestación”.

A continuación, las palabras del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Acabamos de celebrar la Asunción al cielo de la Madre de Jesús. Este misterio ilumina el  cumplimiento de la gracia que ha plasmado el destino de María y que también ilumina nuestro destino, que es el cielo.

 Con esta imagen de la Virgen asunta al cielo quisiera concluir el ciclo de las catequesis sobre la vejez. En  occidente la contemplamos elevada hacia arriba envuelta por una luz gloriosa; en oriente se representa  tumbada, durmiente, rodeada por los Apóstoles en oración, mientras el Señor Resucitado la lleva entre las  manos como si fuera una niña. 

La teología ha reflexionado siempre sobre la relación de esta singular "asunción" con la muerte,  que el dogma no define. Creo que sería aún más importante explicitar la relación de este misterio con la resurrección del Hijo, que abre el camino de la generación a la vida a todos nosotros. 

En el acto divino de  la reunificación de María con Cristo resucitado no trasciende simplemente la normal corrupción corporal  de la muerte humana, sino se anticipa la asunción corporal de la vida de Dios. En efecto, se anticipa el  destino de la resurrección que nos concierne: porque, según la fe cristiana, el Resucitado es el  primogénito de muchos hermanos y hermanas.  El Señor resucitado ha sido el primero, luego iremos nosotros. Este es nuestro destino, resucitar.

Podríamos decir – siguiendo la palabra de Jesús a Nicodemo – que es como volver a nacer (cf. Jn 3, 3-8). Si el primero ha sido un nacimiento sobre la tierra, el segundo es el nacimiento en el cielo. No por  casualidad el Apóstol Pablo, en el texto que se ha leído al principio, habla de los dolores de parto (cf. Rm 8,22). Como, recién salidos del seno de nuestra madre, somos siempre nosotros, el mismo ser humano  que estaba en el vientre, así, después de la muerte, nacemos en el cielo, en el espacio de Dios, y somos siempre nosotros los que hemos caminado sobre esta tierra. Análogamente a lo que le sucedió a Jesús: el  Resucitado es siempre Jesús: no pierde su humanidad, su vivencia, ni siquiera su corporeidad, porque sin  ella ya no sería Él, no sería Jesús. Con su humanidad y sus vivencias.

Nos lo dice la experiencia de los discípulos, a quienes Él aparece durante cuarenta días tras su  resurrección. El Señor muestra las heridas que sellaron su sacrificio; pero ya no son las fealdades del  envilecimiento sufrido dolorosamente, ya son la prueba indeleble de su amor fiel hasta el final. ¡Jesús  resucitado con su cuerpo vive en la intimidad trinitaria de Dios!

Y en ella no pierde la memoria, no  abandona su propia historia, no disuelve las relaciones en las que vivió en la tierra. A sus amigos les  prometió: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin  de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3).  Y Él vendrá, no sólo al final para todos, sino que vendrá cada vez para cada uno de nosotros, vendrá a buscarnos, a buscarnos para llevarnos con Él.

En este sentido, la muerte es un poco el paso al encuentro con Jesús, que me está esperando para llevarme con Él. 

El Resucitado vive en el mundo de Dios, donde hay sitio para todos, donde se forma una nueva  tierra y se va construyendo la ciudad celestial, hogar definitivo del hombre. Nosotros no podemos  imaginar esta transfiguración de nuestra corporeidad mortal, pero estamos seguros de que ella mantendrá  nuestros rostros reconocibles y nos permitirá permanecer seres humanos en el cielo de Dios. Nos  permitirá participar, con sublime emoción, a la exuberancia infinita y feliz del acto creador de Dios, del  que viviremos en primera persona todas las aventuras interminables.

Jesús, cuando habla del Reino de Dios, lo describe como un banquete de bodas, como una fiesta  con los amigos, como el trabajo que hace perfecta la casa, o las sorpresas que hacen la cosecha más rica de la siembra. Tomar en serio las palabras evangélicas sobre el Reino habilita nuestra sensibilidad a gozar  del amor laborioso y creativo de Dios, y nos pone en sintonía con el destino inaudito de la vida que  sembramos.

En nuestra vejez, queridas y queridos coetáneos, hablo a los ancianos y ancianas, la importancia de tantos "detalles" de los  que se constituye la vida - una caricia, una sonrisa, un gesto, un trabajo apreciado, una sorpresa  inesperada, una alegría acogedora, un vínculo fiel - se hace más grave. 

Lo esencial de la vida, al que en  las cercanías de nuestra despedida nos damos más importancia, nos parece definitivamente claro. He aquí:  esta sabiduría de la vejez es el lugar de nuestra gestación, que ilumina la vida de los niños, de los jóvenes,  de los mayores, de toda la comunidad. Los ancianos debemos ser esto, luz para los demás.

Toda nuestra vida aparece como una semilla que deberá ser  enterrada para que nazca su flor y su fruto. Nacerá, junto con todo el mundo. No sin dolores, no sin dolor,  pero nacerá (cf. Jn 16,21-23). Y la vida del cuerpo resucitado será cien y mil veces más viva que la que  probamos en esta tierra (cf. Mc 10,28-31).  

El Señor resucitado, no por casualidad, mientras espera a los Apóstoles a la orilla del lago, asa el  pescado (cf. Jn 21,9) y luego se lo ofrece. Este gesto de amor atento nos hace intuir lo que nos espera mientras pasamos a la otra orilla. Sí, queridos hermanos y hermanas, especialmente vosotros, ancianos, lo  mejor de la vida todavía está por ver. Somos ancianos, ¿qué más podemos ver? Lo mejor. Porque lo mejor de la vida todavía está por ver. Esperemos, esperemos esta plenitud de vida que nos espera a todos cuando el Señor nos llame. 

Que la Madre del Señor y Madre nuestra, que nos ha precedido en el  Paraíso, nos devuelva la inquietud de la espera.  Porque no es una espera anestesiada, no es una espera aburrida, no. Es una espera con inquietud, una espera de cuándo vendrá mi Señor, cuándo podré ir…y da un poco de miedo porque este camino no sé qué significa, y pasar aquella puerta da un poco de miedo. Pero está siempre la mano del Señor que te lleva adelante, y pasada la puerta está la fiesta.

Estemos atentos, vosotros queridos ancianos y ancianas coetáneos, estemos atentos, Él no está esperando. Es solo un camino, y después la fiesta. Gracias.

 

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Cada 24 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Bartolomé, uno de los doce apóstoles de Cristo.

Después de la ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, Bartolomé se enrumbó, como la mayoría de apóstoles, hacia tierras lejanas. Igual que ellos, llevaba en el corazón el ferviente deseo de anunciar a Cristo a las naciones.

De acuerdo a una antiquísima tradición, Bartolomé se enrumbó hacia la India y luego a Armenia, donde recibió la corona del martirio.

Patronazgos

San Bartolomé tiene múltiples “patronazgos”, todos relacionados a la manera como murió: es patrono de los carniceros, fabricantes de libros, guantes, pieles, zapateros, sastres, mercaderes de queso, viñadores, albañiles y otros.

También se pide su intercesión en las situaciones límite o para controlar los desórdenes nerviosos y ataques de pánico, en virtud del temple extraordinario que mostró al morir.

¿Bartolomé o Natanael?

En la Escritura, San Bartolomé aparece en los tres Evangelios sinópticos (Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14), siempre en compañía de Felipe. También lo hace en los Hechos de los Apóstoles (1, 13): Bartolomé es uno de los que estuvieron reunidos en torno a la Madre de Dios el día de Pentecostés.

De acuerdo a la gran mayoría de estudiosos de la Tradición y la Escritura, Bartolomé aparece también en el Evangelio de Juan, pero no con su nombre habitual, sino que es llamado “Natanael” (que significa "regalo de Dios") por el Evangelista. Es altamente probable que esta interpretación sea correcta dado que “Natanael” es quien está siempre al lado de Felipe, en las mismas ocasiones del “Bartolomé” de los sinópticos.

Un “israelita de verdad” predicando en Asia

Bartolomé nació en Caná de Galilea y fue convocado por Jesús a ser apóstol a través de Felipe (cfr. Jn 1, 45-51). Fue uno de los discípulos a quienes Jesús se apareció aquella noche en el mar de Galilea, después de su resurrección (Jn 21, 2).

De acuerdo a Eusebio de Cesarea, a quien se considera “padre de la historia de la Iglesia”, Bartolomé marchó a predicar hacia la India, donde dejó una copia del Evangelio de Mateo escrita en arameo.

Por otro lado, el pueblo armenio considera a San Bartolomé como el santo patrono de la Iglesia Apostólica Armenia, al lado de San Judas Tadeo. Ambos apóstoles llegaron a la zona del Cáucaso en la que se ubica Armenia para anunciar por primera vez el Evangelio. Por esta razón se les llama también “cofundadores”.

Muerte: desollado en Armenia

Se cree que Bartolomé murió martirizado en Abanópolis (Armenia), ciudad ubicada en la costa occidental del Mar Caspio, después de haber predicado en lugares como Mesopotamia, Persia y Egipto. Fue en Abanópolis donde el rey Astyages de Derbent lo condenó a ser torturado y a morir. El castigo consistía en arrancarle la piel en vida para luego decapitarlo.

Bartolomé ha sido muchas veces representado en el arte desollado y sosteniendo su piel con sus propias manos -dando la apariencia de llevar algún ropaje en las manos-; sin embargo, es más común verlo en la iconografía de pie, con barba, con un libro y un cuchillo en las manos. Se cree que sus reliquias están conservadas en la iglesia de San Bartolomé, en la Isla Tiberina, en Roma.

“¿De qué me conoces?”

Hace ya varios años, el Papa Emérito Benedicto XVI se refirió a la personalidad y vocación de este apóstol: «El evangelista nos dice que, cuando Jesús ve que Natanael se acerca, exclama: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño” (Jn 1,47). Se trata de un elogio que recuerda al texto de un Salmo: “Dichoso el hombre […] en cuyo espíritu no hay fraude” (Sal 32, 2), pero que suscita la curiosidad de Natanael, quien replica sorprendido: “¿De qué me conoces?” (Jn 1, 48a). La respuesta de Jesús no se entiende en un primer momento. Le dice: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Juan 1, 48b)».

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Si deseas saber más sobre San Bartolomé, te sugerimos el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Bartolomé.

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