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El Papa Francisco advirtió que a pesar de que el mundo actual está más interconectado no es más fraterno ni convivial por lo que alentó a promover “una verdadera búsqueda de Dios”.

Así lo dijo el Santo Padre este 6 de junio durante la audiencia concedida en el Vaticano a la asamblea plenaria del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso.

“Nuestro mundo, cada vez más interconectado, no es más fraternal, ni mucho menos convivial”, dijo el Papa.

En esta línea, el Pontífice subrayó que el Vaticano impulsa el diálogo interreligioso “a través de la acción, el intercambio teológico y la experiencia espiritual” y los animó a promover “entre todos los hombres una verdadera búsqueda de Dios”.

“Esta es su misión: promover con otros creyentes, de forma fraterna y convivencial, el camino de la búsqueda de Dios; considerando a las personas de otras religiones no de forma abstracta, sino concreta, con una historia, unos deseos, unas heridas, unos sueños. Solo así podremos construir juntos un mundo habitable para todos, en paz”, afirmó el Papa.

Por ello, el Santo Padre alentó a animar a todos “a cultivar el espíritu y el estilo de convivencia en sus relaciones con personas de otras tradiciones religiosas” porque “¡lo necesitamos tanto hoy en la Iglesia y en el mundo!”.

Finalmente, el Papa recordó que acaba de entrar en vigor la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium sobre la Curia Romana, documento que destaca que “la globalización y la aceleración de las comunicaciones internacionales hacen del diálogo en general, y del diálogo interreligioso en particular, una cuestión crucial”.

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Cada 6 de junio, la Iglesia Católica celebra a San Marcelino Champagnat, sacerdote francés, fundador de la Congregación de los Hermanos Maristas. A San Marcelino le tocó vivir tiempos en los que su Francia pasaba por una profunda crisis social y política. El santo lideró la que sería la respuesta de la Iglesia: un movimiento religioso centrado en el acceso a la educación, especialmente dedicado a la formación de niños y jóvenes.  

 

La educación es un regalo de Dios 

 

Marcelino José Benito Champagnat Chirat nació el 20 de mayo de 1789, en Marlhes (Francia), en el seno de una humilde familia que habría de sufrir las consecuencias del anticlericalismo y el odio a la fe que acompañó a la Revolución Francesa. Su madre lo consagró de pequeño a la Virgen María y una de sus tías, que le era muy cercana, fue la que le enseñó las primeras letras. Esa tía fue quien introdujo al pequeño Marcelino en el conocimiento de la vida de los santos.

 

El pequeño miembro de la familia Champagnat no pudo llegar más lejos en la formación escolar pues la familia no tenía cómo costear su educación. Marcelino creció sin asistir a la escuela, pero como sabía leer, se hizo aficionado a las lecturas piadosas que podía encontrar en casa, o en casa de sus familiares. Con ellas aprendió mucho del amor a Dios y a la Iglesia. Por otro lado, como los chicos de su pueblo, aprendió el oficio de albañil y descubrió cierta habilidad para los negocios. Por un tiempo, Marcelino se dedicó a la venta de corderos, con lo que logró ahorrar el dinero necesario para costear sus futuros estudios.

 

Apenas tuvo edad suficiente, se presentó al seminario menor de su pueblo. Los formadores lo admitieron y lo ayudaron a adaptarse al nuevo ambiente. Sin embargo, encontró dificultad para aprender las materias, a tal punto que casi fue echado del lugar; aunque su buena conducta y el apoyo de sus amigos le permitieron continuar. Uno de sus compañeros de estudios fue otro santo, el futuro San Juan María Vianney -el Santo Cura de Ars-. Juan María, igual que él, tampoco destacó precisamente en los estudios, pero sí en piedad y fervor.

 

Formado en la “escuela” de María

 

San Marcelino fue ordenado sacerdote en 1816. Luego, fue enviado como vicario de un sacerdote anciano en uno de esos pueblos apartados en los que la vida gira en torno a las fiestas y borracheras. El santo, en esas circunstancias, animó a todos a acercarse de nuevo a Dios, especialmente a los jóvenes; el P. Marcelino se propuso que los muchachos del pueblo llegaran a la iglesia antes de las seis de la mañana para recibir la catequesis, y lo logró -algo que bien pudo ser considerado “un milagro”-.

 

El sacerdote solía visitar el Santuario Mariano de la Fourviere. En una de sus visitas, en medio de su oración, recibió la inspiración de fundar una congregación religiosa dedicada a enseñar el catecismo y formar a los más jóvenes. Por aquellos días, había estado acompañando a un joven enfermo de muerte que carecía de toda preparación en la fe. Ciertamente lo pudo ayudar a morir en paz, pero el hecho le dejó un terrible sinsabor. De cara al Señor en la oración, se sintió animado a juntarse con algunos de sus compañeros y comenzar una obra apostólica; entusiasmado llegó a la convicción de que esa obra debía ser educativa. Los jóvenes necesitaban tener la oportunidad de conocer más y mejor a Dios.

 

“Todo en honor de Jesús, pero por medio de María…”

 

La fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas se produjo el 2 de enero de 1817. La nueva comunidad, consagrada como “compañía de María”, dio inicio a las labores escolares. Sus miembros, conocidos como “los hermanos maristas”, habían recibido del santo la instrucción adecuada para tan elevada misión. El P. Marcelino los envió a las parroquias cercanas en calidad de maestros de religión o catequistas. Mientras tanto, con el correr del tiempo llegaron los nuevos aspirantes a formar parte de la congregación. Con el número suficiente de religiosos-educadores aparecieron las primeras escuelas “maristas”.

 

El método empleado en las aulas estaba marcado por el ejercicio de la caridad, la práctica del canto y la participación activa de los alumnos. Estaba rotundamente prohibido todo trato humillante, así como los castigos físicos. El P. Marcelino, además, tenía la idea de que toda pedagogía debía centrarse en el amor a María: “Todo en honor de Jesús, pero por medio de María. Todo por María, para llegar hacia Jesús”. 

 

“Nuestra Comunidad -solía recordar a sus religiosos- pertenece por completo a Nuestra Señora la Madre de Dios. Nuestras actividades deben estar dirigidas a hacerla amar, estimar y glorificar. Inculquemos su devoción a nuestros jóvenes, y así los llevaremos más fácilmente hacia Jesucristo”.

 

Educados para la santidad

 

San Marcelino Champagnat partió a la Casa del Padre el 6 de junio de 1840 con tan sólo 51 años de edad -lo que pareció siempre una gastritis aguda, se había convertido en un cáncer al estómago, que le ocasionó la muerte. Sin embargo, su obra educativa y espiritual mantuvo el impulso que él le dio, gracias a la persistencia y cariño de sus hermanos de la congregación. Prueba de ello es hoy la expansión de la Orden en muchísimos países.

 

El fundador de los maristas fue canonizado en 1999 por el Papa San Juan Pablo II, quien en su homilía dijo: “San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón ardiente. Mostró sensibilidad a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y al abandono que experimentaba particularmente la juventud”.

 

Más información en el siguiente enlace.

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El lunes siguiente a Pentecostés, que este año es 6 de junio, la Iglesia Católica celebra la memoria de “la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia”.

 

La Santa Sede estableció esta memoria mediante decreto de la Congregación para el Culto Divino, publicado el 11 de febrero de 2018.

 

Pentecostés, la Iglesia y la Madre de Dios  

 

Al establecer la memoria, el Papa Francisco “consideró atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana”.

 

La Congregación, por su parte, señala en el mencionado decreto que “esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”.

 

“La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer, la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia”, precisa el texto.

 

Ecos pastorales

 

El Arzobispo de Los Ángeles y Presidente de Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos, Mons. José Gomez, recordaba en su columna semanal de aquel año que los primeros cristianos “tenían una conciencia profunda de que la Iglesia era su ‘madre’ espiritual, que los daba a luz en el bautismo, constituyéndolos en hijos de Dios a través de los sacramentos”.

 

El Arzobispo también subrayaba que en el Nuevo Testamento “los apóstoles a menudo se referían a los fieles como a sus hijos espirituales, reflejando así nuevamente su comprensión de que la Iglesia es nuestra madre y nuestra familia… Y en esto, los primeros cristianos entendieron que María era el símbolo perfecto de la maternidad espiritual de la Iglesia”. 

 

En ese sentido, es posible afirmar con Mons. Gómez que esta memoria es “un profético redescubrimiento de una antigua devoción”.

 

Una Iglesia que se renueva acompañada por la Madre

 

En el siglo XX, el Papa San Pablo VI, dirigiéndose a los padres conciliares del Vaticano II, declaró que “María Santísima es Madre de la Iglesia”. Dicha declaración no es fortuita; señala una convicción fundamental que debe enriquecer la experiencia de vida de cada cristiano

 

La memoria “Virgen María, Madre de la Iglesia” recuerda, fundamentalmente, que ella es Madre de todo ser humano y, de manera especial, de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en virtud de la Encarnación del Verbo en su seno virginal. Así lo confirmó Jesús crucificado al apóstol San Juan, el discípulo la acogió como Madre.

 

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano, cumpliendo así la profecía de la Virgen, que dijo: “Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1,48).

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En la mañana de este domingo 5 de junio, solemnidad de Pentecostés, el Papa Francisco participó en la Misa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Durante su homilía, que leyó sentado en su silla de ruedas, el Papa Francisco explicó que “el Espíritu nos hace ver todo de una manera nueva, según la mirada de Jesús”. 

“Yo lo expresaría así: en el gran viaje de la vida, Él nos enseña por dónde empezar, qué caminos tomar y cómo caminar”, dijo a continuación.

Además, el Santo Padre aseguró que “el Espíritu nos recuerda que, sin el amor en la base, todo lo demás es vano. Y que este amor no proviene tanto de nuestras capacidades, este amor es Su regalo”. 

“Él nos enseña a amar, y debemos pedir este don. Es el Espíritu de amor el que pone el amor en nosotros, es Él quien nos hace sentir amados y nos enseña a amar. Es Él quien es el "motor" -por así decirlo- de nuestra vida espiritual. Es Él quien mueve todo dentro de nosotros. Pero si no empezamos desde el Espíritu o con el Espíritu o a través del Espíritu, no se puede hacer el camino”, destacó.

El Papa Francisco señaló aquellas ocasiones en las que recordamos “las cosas que van mal”, como las caídas y decepciones. Ante esto, el Papa aseguró que el Espíritu, aunque hayas perdido la confianza, siempre te dice: “¡Dios confía en ti!".

“Esta es la memoria del Espíritu, lo que el Espíritu nos recuerda constantemente: Dios se acuerda de ti. Tú perderás la memoria de Dios, pero Dios no la pierde de ti: se acuerda continuamente de ti”, aseguró.

“Porque Él, el Consolador, es el Espíritu de curación, es el Espíritu de resurrección y puede transformar esas heridas que arden dentro de ti. Nos enseña a no recortar los recuerdos de las personas y situaciones que nos han hecho daño, sino a dejar que habiten en su presencia”, explicó el Pontífice.

Más tarde, el Papa señaló que “sana los recuerdos” y vuelve “a poner en primer lugar lo que cuenta: el recuerdo del amor de Dios, su mirada sobre nosotros”. 

“Así que pone la vida en orden: nos enseña a aceptarnos a nosotros mismos, nos enseña a perdonar, a perdonarnos. No es fácil perdonarnos a nosotros mismos: el Espíritu nos enseña este camino, nos enseña a reconciliarnos con el pasado, para empezar de nuevo”. 

El Papa Francisco también subrayó la necesidad de distinguir entre el Espíritu Santo y “el espíritu del mal”. “Ambos nos hablan: aprender a discernir para entender dónde está la voz del Espíritu, para reconocerla y seguir el camino, para seguir las cosas que Él nos dice”. 

“El Espíritu Santo nunca te dirá que todo va bien en tu camino. Nunca te dirá eso, porque no es cierto. No, te corrige, incluso te hace llorar por tus pecados; te insta a cambiar, a luchar con tus falsedades y duplicidades, aunque eso requiera esfuerzo, lucha interior y sacrificio”, advirtió el Papa Francisco.

Además, aseguró que el espíritu del mal es aquel que nos hace quejarnos, quien invita al egoísmo y explicó que “la envidia es la puerta por la que entra el espíritu maligno, lo dice la Biblia: por la envidia del diablo ha entrado el mal en el mundo. ¡Nunca envidiar, nunca!”, pidió el Santo Padre. 

“Cuando permaneces con el vacío en tu interior, el espíritu maligno te acusa, se convierte en el acusador, y te derriba, te destruye. El Espíritu Santo, que te corrige en el camino, nunca te abandona, nunca, sino que te lleva de la mano, te consuela y te anima siempre”, defendió.

Además, explicó que “el Espíritu nos libera de la obsesión de las urgencias y nos invita a recorrer caminos antiguos y siempre nuevos, los caminos del testimonio, los caminos de la pobreza, los caminos de la misión, para liberarnos de nosotros mismos y enviarnos al mundo”. 

Por último, el Papa invitó a ponernos “en la escuela del Espíritu Santo, para que nos enseñe todas las cosas. Invoquémosle cada día, para que nos recuerde que debemos partir siempre de la mirada de Dios sobre nosotros, para movernos en nuestras opciones escuchando su voz, para caminar juntos, como Iglesia, dóciles a Él y abiertos al mundo”.

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Cada 5 de junio, se conmemora a San Bonifacio de Maguncia, mártir, “el Apóstol de Alemania", obispo de origen anglosajón que evangelizó la región central de la actual Alemania. Bonifacio fue el gran organizador de la Iglesia en ese país, en el que dejó establecida una jerarquía bajo la jurisdicción directa de la Santa Sede. Sus dotes de incansable misionero y reformador generaron importantes frutos de santidad en la Europa del siglo VIII. Además, su nombre quedó vinculado a la historia del árbol de Navidad.

Winfrido -nombre de pila del santo- nació en el año 680 en Wessex, Inglaterra. Se incorporó muy joven a la abadía de Nursling, en la diócesis de Winchester, donde fue nombrado encargado de la escuela de teología. Estando en Nursling San Bonifacio escribió la primera gramática latina en lengua inglesa.

El que obra el bien

A la edad de 30 años recibió el orden sacerdotal, concentrándose con mayor dedicación al estudio de la Biblia. En 718 el Papa San Gregorio II convocó a Winfrido para darle una misión muy concreta: llevar la Palabra de Dios a los pueblos paganos de Europa. El Papa escuchó complacido la respuesta afirmativa de Winfrido y le dijo: "Soldado de Cristo, te llamarás Bonifacio". “Bonifacio” significa "bienhechor". El santo partió entonces con destino a Alemania, cruzó los Alpes, atravesó Baviera y llegó a Hesse.

Tiempo después, Winfrido envió una carta a la Santa Sede con un informe satisfactorio sobre el crecimiento de la Iglesia. Entonces el Papa lo llamó de regreso a Roma con la intención de confiarle el obispado. El día de San Andrés del año 722, Bonifacio fue consagrado obispo regional con la jurisdicción general de Alemania. El santo regresó a Hesse y como primera medida, se propuso erradicar las supersticiones paganas que sometían al pueblo germano y que representaban el principal obstáculo para la evangelización.

Apóstol de Alemania

En el año 731, el Papa Gregorio III, sucesor de Gregorio II, envió a San Bonifacio la carta con su nombramiento como obispo metropolitano para todos los territorios germanos más allá del Rhin, con autoridad para crear obispados donde lo creyera conveniente.

En su tercer viaje a Roma, Bonifacio fue nombrado también delegado de la Sede Apostólica. San Bonifacio y su discípulo San Sturmi fundaron en el año de 741 la abadía de Fulda, que con el tiempo se convirtió en el “Monte Cassino” de Alemania.

El 5 de junio del año 754, el Santo se disponía a celebrar una confirmación en la víspera de Pentecostés cuando apareció una horda de paganos hostiles que atacó brutalmente al grupo de cristianos con lanzas y espadas. "Dios salvará nuestras almas" se escuchó gritar a Bonifacio mientras alzaba con sus manos el Evangelio. Una espada partió el libro y atravesó el cuerpo del santo, dándole muerte. Sus restos descansan en el monasterio de Fulda hasta el día de hoy.

Sobre este santo, el Papa Benedicto XVI dijo en el año 2009 que “su incansable labor, su don para la organización y su carácter moldeable, amiguero y firme fueron determinantes para el éxito de sus viajes”.

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Si quieres conocer más sobre la vida de San Bonifacio, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Bonifacio.

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Hoy se celebra la Solemnidad de Pentecostés, día en que se conmemora la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo.

El capítulo dos de los Hechos de los Apóstoles describe que “de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 1-11).

San Juan Pablo II al reflexionar sobre este acontecimiento en su encíclica "Dominum et Vivificantem" señaló que “el Concilio Vaticano II habla del nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Tal acontecimiento constituye la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el domingo de Pascua”.

“Cristo resucitado vino y ‘trajo’ a los apóstoles el Espíritu Santo. Se lo dio diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo’. Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo, ‘estando las puertas cerradas’, más tarde, el día de Pentecostés es manifestado también al exterior, ante los hombres”.

Posteriormente, el Papa de la familia cita el documento conciliar “Lumen Gentium”, en el que se resalta que “el Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). Guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1 Co 12,4; Ga5,22)”.

Más información:

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En la mañana de este sábado 4 de junio, el Papa Francisco recibió en el Palacio Apostólico del Vaticano a los dirigentes de la Confederación italiana “Federsanità”, empresa sanitaria que trabaja por la integración social y sanitaria de la población.

En su discurso, el Papa Francisco propuso diferentes “antídotos” a problemas actuales dentro del ámbito sanitario.

En primer lugar, habló de la proximidad como antídoto para la autorreferencialidad y explicó que la cercanía “rompe las cadenas del egoísmo, derriba el pedestal al que a veces tenemos la tentación de subirnos y nos impulsa a reconocernos como hermanos”.

“El nuestro es el Dios de la proximidad, que ha elegido tomar nuestra carne; no es un Dios lejano e inalcanzable. Él camina con nosotros, por los caminos accidentados de este mundo, como lo hizo con los discípulos de Emaús”.

El Santo Padre aseguró que “Dios nos pide que hagamos lo mismo” y dijo que esta proximidad “es aún más importante cuando nos encontramos en la enfermedad y el sufrimiento”. 

A continuación habló de la totalidad como antídoto para la fragmentación y parcialidad, asegurando que “debemos repensar el concepto de salud desde una perspectiva integral, abarcando todas las dimensiones de la persona”.

“Cuando Jesús cura a alguien, no sólo erradica la enfermedad física de su cuerpo, sino que también le devuelve la dignidad, reinsertándolo en la sociedad, dándole una nueva vida”, aseguró.

Como en otras ocasiones, el Papa Francisco habló de la “cultura del descarte” y señaló que “en una sociedad que corre el riesgo de ver a los enfermos como una carga, un coste, hay que volver a poner en el centro lo que no tiene precio, no se puede comprar y no se puede vender, es decir, la dignidad de la persona”. 

“Las enfermedades pueden marcar el cuerpo, confundir los pensamientos, quitar las fuerzas, pero nunca podrán anular el valor de la vida humana, que debe ser siempre protegida, desde su concepción hasta su fin natural”, defendió.

“Espero que la investigación y las distintas profesiones sanitarias tengan siempre este horizonte”, pidió el Papa. 

Por último, habló del bien común, como el remedio a la búsqueda de intereses creados. 

“Incluso en el ámbito de la salud, es frecuente la tentación de hacer prevalecer las ventajas económicas o políticas de unos pocos grupos a costa de la mayoría de la población, lamentó el Papa. 

“Debemos trabajar para garantizar que todo el mundo tenga acceso a la asistencia, que se apoye y promueva el sistema sanitario y que siga siendo gratuito. El recorte de recursos para la sanidad es un atentado contra la humanidad”, subrayó el Papa Francisco.

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