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REDACCIÓN CENTRAL, 01 Abr. 15 / 11:30 am (ACI ).- Semana Santa es un tiempo propicio para conocer y reflexionar más sobre el sentido de ser cristianos y qué mejor si es con la ayuda de una buena película. A continuación 15 filmes con claves de fe que marcaron y cambiaron la vida de muchos de sus espectadores.


La Pasión de Cristo (2004)


Iniciamos la lista con una adaptación de los últimos días de Jesucristo realizada por Mel Gibson. Rodada en latín y en arameo, idiomas que habló Jesús, y proyectada en todo el mundo en versión original por deseo del director, la película atrajo la atención de todos por la crudeza y realismo de sus imágenes.


Ben Hur (1959)


William Wyler firmó una épica superproducción protagonizada por Charlton Heston, Stephen Boyd y Jack Hawkins que obtuvo once premios Oscar. Una historia de dos viejos amigos que se enfrentan y en la que no se muestra el rostro de Jesucristo, aunque su presencia marcará toda la vida de Judá Ben-Hur.


Jesús de Nazareth (1977)


Aunque se trata de una miniserie de televisión y no una película, la obra de Franco Zeffirelli es quizás el mejor relato global del nacimiento, obra y muerte de Jesucristo. El Beato Pablo VI, tras visionar esta producción, recibió en audiencia al director de cine Franco Zefirelli, y le agradeció por esta obra de la vida del Señor.


Los Diez Mandamientos (1956)


Charlton Heston vuelve a aparecer con la adaptación del pasaje de Moisés y Los Diez Mandamientos que dirigió el legendario Cecil B. DeMille. Una colosal superproducción de proporciones bíblicas: casi cuatro horas de duración.


Quo Vadis? (1951)


El título significa en latín “¿A dónde vas?” y se refiere a las palabras de Pedro cuando se encuentra con Cristo en la Vía Apia. La cinta muestra el amor de un soldado romano por una joven doncella, integrante del primer grupo de cristianos en Roma, y que será puesto a prueba después que Nerón queme Roma y les eche la culpa a los cristianos.


Marcelino, pan y vino (1954)


Relata la historia de un niño huérfano que cambiará la vida y el nombre de los frailes. Con su inocencia y picardía se hará querer hasta por el propio Cristo en la cruz. Se llevó el Oso de Plata en el Festival de Berlín. En el 2013 se lanzó una nueva versión de esta obra.


La misión (1986)


El largometraje está situado en la época colonial de Sudamérica. Los valientes misioneros jesuitas buscan evangelizar a los indígenas, instruirlos y protegerlos de los tratantes de esclavos. Pero los planes políticos contra el trabajo de los jesuitas harán que los religiosos desencadenen una emotiva y dura muestra de fe.


Escarlata y negro (1983)


Refleja parte de lo que se vivió durante la ocupación nazi en Roma y las tensiones contra el Vaticano por refugiar judíos y perseguidos políticos de los alemanes. Un sacerdote, que salvó la vida de cientos de personas, estará en la mira de los altos oficiales nazis, pero no podrán tocarlo por estar dentro del territorio papal.


Cristiada (2012)


Película que describe la dramática e histórica persecución del gobierno mexicano contra la Iglesia Católica en la década de 1920’s. Muchos fieles fueron llevados al martirio, otros optaron por el camino de las armas, pero la fuerza de “¡Viva Cristo Rey!” hará resonar la verdad.


Un Dios prohibido (2013)


Narra el martirio de 51 miembros de la Congregación Claretiana durante la Guerra Civil Española. El hecho ocurrió en 1936 en la localidad de Barbastro, en Zaragoza. Ellos fueron beatificados por San Juan Pablo II en 1992.


Encontrarás dragones (2011)


Drama épico dirigido por Roland Joffé, ambientado en la Guerra Civil española, que narra la vida de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Ambientada en la época de la Guerra Civil Española, trata temas como la amistad, el amor, el odio, la traición, el perdón y la búsqueda del sentido de la vida.


De dioses y de hombres (2010)


Película francesa sobre unos monjes cristianos en Argelia que viven en armonía con la población musulmana hasta que estalla la guerra civil que azotó al país entre 1991 y 2002. Esta producción fue ganadora del Premio del Jurado y el Premio del Jurado Ecuménico del Festival de Cannes de 2010.


I am David (La fuerza del valor 2003)


Davis tiene 12 años que escapa de un campo de concentración nazi con la ayuda de Johannes, su amigo y protector. El pequeño deberá llegar a Dinamarca con un sobre sellado que le está prohibido abrir. Esta obra destaca la fuerza y el valor inquebrantable de un niño.


La última cima (2010)


Documental español basado en la vida del alegre P. Pablo Domínguez que murió en un accidente en una cima española, tras intentar salvar la caída de su acompañante. Esta obra refleja la profunda huella que puede dejar un buen sacerdote entre las personas.


El Príncipe de Egipto (1998)


Pensando en los más pequeños se incluye en la lista esta historia de Moisés que fue la primera película de animación tradicional producida y distribuida por Dreamworks, la productora creada por Steven Spielberg.




VATICANO, 01 Abr. 15 / 11:27 am (ACI/EWTN Noticias ).- Al final de la catequesis, el Papa Francisco saludó a los miles de peregrinos que llegaron a la Plaza de San Pedro provenientes de diversas partes del mundo, y recordó la figura de San Juan Pablo II, quien mañana 2 de abril cumple diez años de fallecido.


“Dirijo un pensamiento especial a los jóvenes, los enfermos y a los recién casados. Mañana tiene lugar el décimo aniversario de la muerte de San Juan Pablo II: su ejemplo y su testimonio están siempre vivos entre nosotros”, afirmó Francisco en su saludo en italiano.


“Queridos jóvenes, aprendan a afrontar la vida con su ardor y entusiasmo; queridos enfermos, lleven con alegría la cruz del sufrimiento como él nos enseñó; y ustedes, queridos esposos recién casados, pongan siempre a Dios en el centro, para que su historia conyugal tenga más amor y más felicidad”, expresó.


San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 21:37 horas, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia que él mismo instituyó y de la que fue tan devoto.


Pocos minutos después, Mons. Leonardo Sandri, que entonces era el Sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede (en la actualidad es Cardenal Prefecto para la Congregación de las Iglesias Orientales), anunció la noticia a las miles de personas congregadas en la Plaza de San Pedro y al resto del mundo, que seguía las últimas horas del Pontífice a través de los medios de comunicación.


Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje al papa polaco, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la Basílica de San Pedro.


El 28 de abril, Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el Cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.


Benedicto XVI lo beatificó el 1 de mayo de 2011 y fue canonizado por el Papa Francisco el 27 de abril del 2014, junto a San Juan XIII.


San Juan Pablo II lideró la Iglesia Católica durante 26 años y 5 meses, siendo el suyo el tercer pontificado más largo en los más de 2.000 años de historia de la Iglesia.


Etiquetas: audiencia general, San Juan Pablo II, Catequesis del Papa Francisco



9:33 a.m.

Era el 2 de abril de 2005. Cientos de miles quisieron despedirse y proclamaban 'santo enseguida'


Roma, 01 de abril de 2015 (Zenit.org) H. Sergio Mora | 37 hits


“Queridos hermanos y hermanas a las 21:37 nuestro amado santo padre Juan Pablo II regresó a la casa del Padre. Recemos por él”, dijo el Cardenal Sandri el 2 de abril de 2005 a los miles de fieles que se habían reunido en la plaza de San Pedro, debajo de las ventanas de su departamento para rezar el santo rosario por él. Era la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia.


Allí había tantos jóvenes y personas que desde el día anterior estaban reunidos siguiendo la agonía del papa polaco. Se encendía la luz de una ventana, se apagaba la de su estudio, todos trataban de entender qué sucedía mientras se rezaba o los jóvenes cantaban o coreaban.


Fue una muerte anunciada. El Papa se iba apagando día a día. El 24 de febrero de ese 2005 el Pontífice reingresó nuevamente en el Hospital Agostino Gemelli. Ya había permanecido nueve días desde el inicio de ese mes por una crisis respiratoria aguda.


Estuvo internado otros 18 días, le hicieron una traqueotomía, su situación prácticamente no mejoraba, y el 14 de marzo volvió al Vaticano a pesar de que los médicos querían retenerlo. Quería morir en la sede de Pedro. Volvió sentado adelante en un pequeño bus, que lentamente hizo el recorrido. Muchos se habían reunido por la calle para verlo pasar, intuyendo la gravedad de la situación.


Aunque fue el 30 de marzo, durante la audiencia general cuando el papa santo de 84 años impresionó a la multitud reunida en la plaza. El Papa que con sus palabras hizo resquebrajar al imperio soviético no lograba proferir palabras a pesar de su esfuerzo por hacerlo, y su bendición fue silenciosa.


Ya el 20 de marzo, domingo de ramos, apenas lograba sostener la palma. Por primera vez no presidía la ceremonia y desde la ventana de su estudio solo pudo dar la bendición .


El viernes santo, no pudo acudir al Vía Crucis en el coliseo romano. Llegaron tan solo unas imágenes del Papa de espaldas en su capilla privada, sentado, con la estola púrpura y aferrando una cruz. El Papa denominado 'de la comunicación' tampoco logró proferir palabra el domingo de pascua, para la bendición Urbi et Orbi.


La noche del 2 de abril poco antes de morir dijo sus últimas palabras: “Dejadme marchar a la casa del Padre”.


Del lunes 4 al jueves 7 de abril sucedió un hecho que nadie hubiera imaginado: cientos de miles de fieles llenaban la plaza de San Pedro y vía de la Concilación para dar su último adiós al Papa. No había distinción de edades ni razas: ancianos, niños, madres y jóvenes, que llegaron desde todos los países del mundo. Día y noche estaba allí la multitud haciendo cola durante muchas horas para llegar delante del cuerpo sin vida del Santo Padre y permanecer solamente unos pocos segundos.


El 8 de abril fueron las exequias, definidas como 'el mayor funeral de la historia'. La misa fue encabezada por el cardenal Joseph Ratzinger, que 11 días después fue Benedicto XVI. Impresionó el fuerte viento que 'hojeaba' el libro del evangelio puesto sobre el austero cajón que contenía el cuerpo del Papa polaco, ante miles de personas y mandatarios de todo el mundo que participaban en la ceremonia en la plaza y de las televisiones que lograron récord de silenciosa audiencia. El cardenal Ratzinger en su homilía fúnebre, indicó la ventana de su estudio que da hacia la plaza y que fue el centro de atención de las miradas del mundo. Y aseguró que "Nuestro amado Papa está ahora asomado a la ventana del cielo. Nos mira. Nos bendice".


'Santo enseguida' fue un clamor de la multitud. Deseo que el proceso de canonización obtuvo el 5 de julio de 2013, cuando el papa Francisco firmó el decreto que autorizaba la canonización junto a la de Juan XXIII, y cuya ceremonia se realizó el 27 de abril de 2014.


(IDV)



(01 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.



VATICANO, 01 Abr. 15 / 10:40 am (ACI ).- El Papa Francisco dedicó la catequesis de la Audiencia General de hoy a explicar el significado del Triduo PascuaFOTOmismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mc 10,45).


Esto sucedió también en nuestro Bautismo, cuando la gracia de Dios nos ha lavado del pecado y nos hemos revestido de Cristo (cfr. Col 3,10). Esto sucede cada vez que realizamos el memorial del Señor en la Eucaristía: hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, aquel de amarnos como Él nos ha amado (cfr. Jn 13,34; 15,12). Si nos acercamos a la Santa Comunión sin estar sinceramente dispuestos a lavarnos los pies los unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor. Es el servicio de Jesús donándose a sí mismo, totalmente.


Después, pasado mañana, en la liturgia del Viernes Santo, meditamos el misterio de la muerte de Cristo y adoramos la Cruz. En los últimos instantes de vida, antes de entregar el espíritu al Padre, Jesús dijo: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30). ¿Qué significa esta palabra, que Jesús diga: “Todo se ha cumplido”? Significa que la obra de la salvación está cumplida, que todas las Escrituras encuentran su pleno cumplimiento en el amor de Cristo, Cordero inmolado. Jesús, con su Sacrificio, ha transformado la más grande iniquidad en el más grande amor.


A lo largo de los siglos encontramos hombres y mujeres que con el testimonio de su existencia reflejan un rayo de este amor perfecto, pleno, incontaminado. Me gusta recordar un heroico testigo de nuestros días, Don Andrea Santoro, sacerdote de la diócesis de Roma y misionero en Turquía. Unos días antes de ser asesinado en Trebisonda, escribía: “Estoy aquí para habitar en medio de esta gente y permitir hacerlo a Jesús, prestándole mi carne… Nos hacemos capaces de salvación sólo ofreciendo la propia carne. El mal del mundo hay que llevarlo y el dolor hay que compartirlo, absorbiéndolo en la propia carne hasta el final, como lo hizo Jesús”. (A. Polselli, Don Andrea Santoro, las herencias, Città Nuova, Roma 2008, p. 31). Que este ejemplo de un hombre de nuestros tiempos, y tantos otros, nos sostengan en el ofrecer nuestra vida como don de amor a los hermanos, a imitación de Jesús. Y también hoy hay tantos hombres y mujeres, verdaderos mártires que ofrecen su vida con Jesús para confesar la fe, solamente por aquel motivo. Es un servicio, servicio del testimonio cristiano hasta la sangre, servicio que nos ha hecho Cristo: nos ha redimido hasta el final. ¡Y es éste el significado de aquella frase “Todo se ha cumplido”!


Qué bello será que todos nosotros, al final de nuestra vida, con nuestros errores, nuestros pecados, también con nuestras buenas obras, con nuestro amor al prójimo, podamos decir al Padre como Jesús: ¡“Todo se ha cumplido”! Pero no con la perfección con la que lo dijo Jesús sino decir: “Señor, he hecho todo lo que podía hacer”. ¡“Todo se ha cumplido”! Adorando la Cruz, mirando a Jesús, pensemos en el amor, en el servicio, en nuestra vida, en los mártires cristianos. Y también nos hará bien pensar en el fin de nuestra vida. Ninguno de nosotros sabe cuándo sucederá esto, pero podemos pedir la gracia de poder decir: “Padre, he hecho todo lo que podía hacer”. ¡“Todo se ha cumplido”!


El Sábado Santo es el día en el cual la Iglesia contempla el “reposo” de Cristo en la tumba después del victorioso combate en la Cruz. En el Sábado Santo, la Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe está recogida en ella, la primera y perfecta discípula, la primera y perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, Ella se queda sola para tener encendida la llama de la fe, esperando contra toda esperanza (cfr. Rm 4,18) en la Resurrección de Jesús.


Y en la grande Vigilia Pascual, en la cual resuena nuevamente el Aleluya, celebramos a Cristo Resucitado, centro y fin del cosmos y de la historia; vigilamos plenos de esperanza en espera de su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación.


A veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma; a veces pensamos: “ya no hay nada más que hacer”, y el corazón no encuentra más la fuerza de amar…Pero precisamente en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio, algo comienza en la oscuridad más profunda. Nosotros sabemos que la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience la jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que vence y que enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha sido volcada dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua! En esta santa noche la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros no exista el lamento de quien dice “ya…”, sino la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él. Nuestra vida no termina delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá, con la esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro. Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que sepan advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana.


Queridos hermanos y hermanas, en estos días del Triduo Santo no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes, como nos invita a hacer el apóstol Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). Entonces la nuestra será una “buena Pascua”.


Etiquetas: audiencia general, Semana Santa, Catequesis del Papa Francisco, Triduo Pascual




VATICANO, 01 Abr. 15 / 09:59 am (ACI/EWTN Noticias ).- “No nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor, sino entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes, como nos decía San Pablo: ‘Tened en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Entonces la nuestra será una ‘buena Pascua’”.


Como no podía ser de otra manera, el Papa Francisco dedicó la Audiencia General de este miércoles de Semana Santa a hablar precisamente del Triduo de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, “culmen de todo el año litúrgico, culmen de nuestra vida cristiana”. De este modo repasó las celebraciones más destacadas de estos días remarcando que todo cristiano está llamado a ser “centinela del mañana”.


El Pontífice explicó que en el primer día se conmemora la Última Cena y el lavatorio de pies. “Jesús –como un siervo- lava los pies de Simón Pedro y de los otros once discípulos. Con este gesto profético, Él expresa el sentido de su vida y de su pasión, que está al servicio de Dios y de los hermanos”.


Precisamente, el Papa destacó que esto “vino también por nuestro Bautismo, cuando la gracia de Dios nos ha lavado del pecado y nos ha revestido de Cristo. Esto sucede cada vez que hacemos el memorial del Señor en la Eucaristía: hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha amado”.


“Si nos acercamos a la comunión sin estar sinceramente dispuestos a lavarnos los pies los unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor. Es el servicio de Jesús donándose a sí mismo, totalmente”.


El viernes se celebra el misterio de la muerte de Cristo “y adoramos la cruz”. “En los últimos instantes de vida, antes de entregar el espíritu al Padre, Jesús dice: ‘¡Todo se ha cumplido!”.


“¿Y qué significa esta palabra?”, se preguntó Francisco. “Significa que la obra de la salvación está cumplida, que todas las Escrituras encuentran su pleno cumplimiento en el amor de Cristo, Cordero inmolado. Jesús, con su sacrificio, ha transformado la más grande iniquidad en el más grande amor”.


Subrayando cómo el testimonio de Jesús ha inspirado a muchas personas que también han dado su vida, recordó “un heroico testimonio” de un sacerdote de la Diócesis de Roma que fue asesinado en Turquía mientras se encontraba allí como misionero, el P. Andrea Santoro. El sacerdote fue asesinado por un estudiante musulmán radical en su parroquia el 5 de febrero de 2006 mientras se encontraba en su parroquia.


Francisco recordó que pocos días antes de este suceso, escribió: “Estoy aquí para vivir en medio de esta gente y permitir a Jesús hacerlo prestándole mi carne… Uno se vuelve capaz de salvación ofreciendo la propia carne. El mal del mundo se lleva y el dolor se comparte, absorbiéndolo en la propia carne hasta el fondo, como ha hecho Jesús”.


Este y otros testimonios y ejemplos “nos sostienen en el ofrecimiento de nuestra vida como don de amor a los hermanos, a imitación de Cristo”.


Dejando a un lado el discurso que tenía previsto, el Santo Padre reflexionó aún más sobre este asunto. “Y también hoy hay tantos hombres y mujeres, verdaderos mártires que ofrecen su vida con Jesús por confesar la fe, solamente por este motivo. Es un servicio, servicio del testimonio cristiano hasta la sangre, un servicio que ha hecho Cristo, nos ha redimido hasta el final”.


“Qué bello será que todos nosotros al final de nuestra vida, con nuestros fallos, nuestros pecados, también con nuestras buenas obras, nuestro amor al prójimo podamos decir al Padre como Jesús: ‘he cumplido’. No con la perfección con la que lo ha dicho Él, sino ‘Señor, he hecho todo lo que he podido hacer’. Adorando la Cruz, mirando a Jesús pensamos en el amor, en el servicio de nuestra vida, en los mártires cristianos… ninguno de nosotros sabe cuándo vendrá esto, pero podemos pedir la gracia de poder decir ‘Padre, he hecho todo lo que he podido, he cumplido”.


Por su parte, el Sábado Santo “es el día en el que la Iglesia contempla el ‘descanso’ de Cristo en la tumba después del victorioso combate en la cruz”.


Y en este día, “la Iglesia, una vez más, se identifica con María: toda su fe es reunida en Ella, la primera y perfecta discípula, la primera y perfecta creyente. En la oscuridad que envuelve lo creado Ella permanece sola para mantener la llama de la fe, esperando contra toda esperanza en la Resurrección de Jesús”.


Por la tarde, en la Vigilia Pascual, “celebramos a Cristo resucitado, centro y fin del cosmos y de la historia; velamos llenos de esperanza en espera de su regreso, cuando la Pascua tendrá su plena manifestación”.


El Papa alertó de cómo “a veces la oscuridad de la noche parece penetrar en el alma; a veces pensamos: ‘Ya no hay nada que hacer’, y el corazón no encuentra más la fuerza de amar… pero en esa oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio”.


Sobre lo mismo, el Papa Francisco indicó que “en la oscuridad más profunda nosotros sabemos que la noche es más noche, tiene más oscuridad poco antes de que comience el día, pero en esa oscuridad es Cristo el que vence”.


“La piedra del dolor es quitada, dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua! En esta santa noche, la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros no se dé el lamento de quien dice ‘Ya no hay nada que hacer’, sino la esperanza de quién se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él”.


En este punto, el Papa aseguró que “nuestra vida no termina delante de la piedra de un sepulcro, nuestra vida va más allá, con la esperanza al Cristo que ha resucitado en ese sepulcro”.


“Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana, que saben ver los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que corrieron al sepulcro al alba del primer día de la semana”, concluyó el Papa.


Etiquetas: audiencia general, Semana Santa, Catequesis del Papa Francisco, Triduo Pascual



2:41 a.m.

San Cristóbal de las Casas, 01 de abril de 2015 (Zenit.org) Felipe Arizmendi Esquivel | 67 hits


VER


Estamos en la Semana Santa. Así como para muchas personas no es precisamente santa, sino todo lo contrario, pues la aprovechan sólo para diversiones, a veces no muy santas, para pasear y divertirse, así también hay muchísimas otras que participan en las celebraciones religiosas. Hay personas mayores que siempre añoran otros tiempos, cuando no había vacaciones, cuando todo era muy rígido en las costumbres, cuando todo se concentraba en rezos, en prácticas devocionales, en via crucis y en penitencias, a veces no muy humanas.


Es muy legítimo el descanso para tanta gente que trabaja mucho y necesita distensionarse y recobrar energías, para reemprender las obligaciones diarias. Sin embargo, hay quienes no saben descansar; terminan sus vacaciones más cansados. Hay quienes se aburren estos días, como niños y jóvenes que sólo están inventando qué hacer para matar su aburrimiento. ¡Qué bien les haría que se organizaran para limpiar su casa, para ir a barrios y comunidades pobres, para levantar tanta basura que hay en las calles y en las carreteras! Esto es un poco cansado, pero es una magnífica forma de descansar y no aburrirse. La mejor inversión de estos días libres es ayudar en casa y en la comunidad. Eso es ayudar a otros a llevar su cruz, como las tareas habituales del hogar.


Hay el peligro también de que muchos creyentes reduzcan estos días a actos piadosos, algunos hasta de tipo sentimental, y con eso se sientan bien, con eso piensen que están consolando a Jesús y a María por la pasión, que con eso conserven las buenas tradiciones. Quizá con esto tranquilizan su conciencia, aunque nada hagan por los pobres y por todos los que sufren.


PENSAR


El Papa Francisco dijo a los nuevos cardenales algo que nos ayuda a meditar en estos días: “Os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos -edificados por nuestro testimonio- no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso -de cuerpo o de alma- , que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. En realidad, sobre el evangelio de los marginados, se juega, se descubre y se revela nuestra credibilidad.


Si queremos ser auténticos discípulos de Jesús, estamos llamados a llegar a ser, unidos a El, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser imitadores de Cristo ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión… Pero yo os pregunto: Cuando ayudáis a los demás, ¿los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿Cómo ayudáis? ¿A distancia, o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien” (15-II-2015).


ACTUAR


Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a vivir estos días de Semana Santa en forma integral: participando en las celebraciones religiosas, dedicando tiempo a un descanso espiritual por la oración y la lectura de la Palabra de Dios, pero también haciendo algo por los que sufren, quizá dentro de nuestra propia familia, por los pobres y enfermos. Entonces sí acompañamos a Jesús en su pasión y disfrutaremos de la resurrección.



(01 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.


12:03 a.m.

«Conocido como el cura de los chicos pobres les ayudó espiritualmente y les propocionó una digna salida laboral con un interesante abanico de profesiones. Es el fundador de la Congregación de los Hijos de María Inmaculada»


Madrid, 01 de abril de 2015 (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 211 hits


Pío XII calificó a Ludovico como «otro Felipe Neri... precursor de san Juan Bosco... perfecto emulador de san José Cottolengo». Nació en Brescia, Italia, el 11 de septiembre de 1784. Su ilustre familia, los Poncarali, pertenecía a la nobleza. Eran dueños de grandes posesiones. Pero los utópicos ideales de la Revolución Francesa, portando aires triunfales, penetraron en la ciudad y arrasaron los derechos de muchos ciudadanos. En 1797 miembros del ejército tomaron bajo su mando el palacio Poncarali y firmaron el manifiesto «Juramos vivir libres o morir».


Sin darse ínfulas de nada, ni comprometerse con idílicos principios, únicamente con la sencillez de la verdad por bandera, Ludovico se había adentrado en el drama de los pobres. Ya conocía el asfixiante ambiente de las fábricas y lo que cuesta el aserto bíblico de ganarse el pan con el sudor de la frente. Había sido el primogénito de cinco hermanos, y todos los ojos estaban puestos en él, sin adivinar entonces lo que iba a depararle la vida. A lo largo de los años, otras personas tendrían en cuenta sus cualidades y virtudes al punto de encomendarle altas misiones eclesiásticas. En esa época abastecía su alma cada mañana en la iglesia de San Lorenzo con el más excelente manjar: la Eucaristía. Mientras tanto, los que proclamaron la libertad esclavizaron al pueblo. Les privaron de bienes gratuitos que movimientos eclesiales proporcionaban a los desamparados, suprimieron escuelas, centros benéficos e incluso el seminario.


En una de las posesiones familiares Ludovico realizaba obras de misericordia. Compartía los conocimientos que tenía con los chavales de su edad que no pudieron costearse estudios. Además, les enseñaba el catecismo. Su sensibilidad por estos jóvenes desamparados fue aumentando y, con ella, su amor al sacerdocio. En 1805 perdió a su padre, que falleció profundamente apenado por las desavenencias con uno de los hijos. Cuando Ludovico ofició su primera misa en 1807 percibió con aflicción la ausencia de este díscolo hermano, que estaba casado. La lectura de un libro hizo que Ludovico tomase el sendero que guiaría el resto de su existencia: Sobre las influencias morales escrito por Schedoni. Fue providencial. Con lucidez su autor ponía de relieve lo ya conocido: si a los chicos se les deja a su aire, no se les exige la escolarización, y se ponen a su alcance puertas abiertas a la indisciplina y a la inmoralidad, el camino hacia el delito está en marcha. Lo dice el refrán: «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Así que Ludovico tomó la resolución de implicarse por completo en la tarea de restaurarlos.


En noviembre de 1809 murió su madre dejándole gran pesar. Sin tiempo que perder, impulsó un centro parroquial para los muchachos del entorno. A otros los rescató de las calles conquistándolos con una simple limosna y el gozo reflejado en su semblante. Les allanó el camino disponiendo un hogar donde acogerlos, un «Oratorio». Los pilares de su capacitación en prácticos oficios (carpintería e imprenta) comenzó en Brescia. Su iniciativa fue bendecida por el prelado Gabrio María Nava, que tenía gran debilidad por este colectivo marginal. Conocía la trayectoria del beato, que ya era popularmente denominado «el cura de los chicos pobres». En 1812 lo designó secretario suyo. Seis años más tarde le nombró canónigo confiándole la rectoría de la Basílica de San Bernabé. Además, le encargó la fundación del «Instituto privado de beneficencia». Era una «Escuela de Oficios» de carácter gratuito. En 1821 recibió el nombre de «Pío Instituto de San Bernabé». Sus destinatarios eran jóvenes sin hogar ni recursos que, desde el punto de vista profesional, saldrían de sus aulas bien preparados para entrar en el mundo laboral. Y, desde la perspectiva espiritual, listos para lidiar con un ambiente poco sano y, por tanto, cristiano.


Otra de las obras emprendidas por Ludovico fue la «Escuela Tipográfica», una novedad en Italia al tratarse de la primera escuela gráfica que se abría, convertida después en editorial. Fue ampliada en 1841 para otro grupo de sordomudos. Y como su entusiasmo y creatividad no tenían fronteras, en diez años logró que los jóvenes pudieran elegir entre un interesante abanico de profesiones: tipografía, encuadernación de libros, papelería, etc. Los oficios a los que podrían aspirar serían igualmente extensos: plateros, cerrajeros, carpinteros, torneros, zapateros... Era un gran logro por el cual en 1844 fue condecorado por el emperador de Austria, quien le concedió el título de Caballero de la Corona de Hierro. Su destino fue un cajón; hubiera preferido ayuda para sus chicos.


Para que subsistiera esta formidable labor caritativo-social precisaba personas generosas, entregadas, con empuje. Sobre todo, que tuviesen entre sus objetivos altos ideales espirituales. Ludovico pensaba en esa opción cuando eligió entre los muchachos a los que juzgaba cumplían esos requisitos, y fundó con ellos la Congregación de los Hijos de María Inmaculada, erigida canónicamente en 1847. Comenzaban a verse los frutos de su religioso tesón: «Debemos sembrar con confianza; no importa si los frutos no se ven». Ese mismo año emitió los votos perpetuos. Su incesante entrega prosiguió hasta el fin de sus días. Aunque sus chicos le sugerían que descansase alguna vez, su invariable respuesta era «descansaremos en el cielo». Ese momento le sorprendió en Saiano, lugar cercano a Brescia. A pesar de su delicado estado de salud había acudido allí para liberar a sus muchachos de los atropellos provocados por los austriacos insurrectos que integraban la revuelta «de los Diez Días». Llegó el 24 de marzo de 1849 y murió el 1 de abril diciendo: «Queridos míos... adiós». Era Domingo de Ramos. Poco antes pudo transmitirles esta consigna: «Tened fe, no os desaniméis. Dios, desde el cielo, rige y dispone el destino de los hombres. Haced siempre el bien a todos y amad a Jesús y a nuestra Madre, la Virgen Inmaculada». Juan Pablo II lo beatificó el 14 de abril de 2002.



(01 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.


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